—¡Vamos! Deja a un lado el enojo y recapacita que si él se muere nadie podrá llevarnos a puerto de salvación.
—¿Pues usted no entiende la maquinaria?
—Muy poco. Además, la caridad te aconseja ser compasiva. Prepara la lumbre mientras yo saco el té y el azúcar de la despensa.
Sea el miedo a permanecer indefinidamente en el espacio o la compasión inherente a su sexo, Juanita no replicó e hizo rumbo a la cocina.
—Ya sabes. Con un par de chispazos eléctricos alumbras una hoguera en un decir Jesús.
—A mí déjeme usted de telégrafos, que yo me las compondré a la moda antigua.
Y, así diciendo, llegó al hornillo, colocó en él unos carbones y tomando unos fósforos frotó uno tras otro sobre la lija, sin conseguir encender ninguno; pero lo más notable del caso era que ni dejaba huella la cerilla en el raspador ni la cabeza del de Cascante se gastaba.
—Es claro. Las babas de don Sindulfo que lo reblandecen todo —murmuró, y echóse en busca de otra caja y de algunas virutas y trapos con qué facilitar la combustión. No encontrando nada a propósito, dio al pasar por el cuarto de las agregadas con unos fragmentos de telas y pieles que, aunque acusaban una rica procedencia, eran retales al fin y muy del caso en circunstancias tan apremiantes. Dispuso los residuos en el fogón y, haciendo una nueva e inútil tentativa con los fósforos:
—A ver si usted tiene más gracia —dijo a Benjamín que acudía cargado con un pilón de azúcar y un bote de té Hulón.
—Esto es más breve —arguyó el políglota comunicando la chispa eléctrica al hornillo a merced de la cual los trapos se encendieron pero no los carbones; siendo de notar, por más que ninguno de ambos observase el fenómeno, que las suplentes virutas iban tomando extrañas formas parecidas a lazos, mangas de vestido, tacones de bota y objetos de mercería.