Clara perdió el sentido ante la inmensidad de su infortunio y tuvo que ser conducida al gabinete en brazos de las expedicionarias. Juana, más entera aunque no menos herida, se desahogaba dando gritos contra el opresor y llamando a la guardia en su socorro.

Pero la situación más grave era sin duda la de don Sindulfo. Por malo que tuviese el genio, por mezquina que fuera su condición, por miras estrechas que lo alentasen, distaba mucho de ser un malvado: y la muerte de los veinticuatro moros, aunque llevada a cabo en legítima defensa propia, eran dos docenas de puñales que tenía hundidos en el corazón. Agréguese a esto la aparición de los hijos de Marte, en la que veía no solo una desobediencia a sus mandatos sino la inutilidad de haber agotado su ciencia y sus recursos para desembarazarse de un rival, y se comprenderá fácilmente que su razón trastornada le indujese a permitir que el tiempo devorase a aquellos infelices, sin prestarles el menor auxilio. Primer paso suyo en la senda del crimen por la que hemos de verle avanzar presa de los celos, la desesperación y la locura. No adelantemos empero el discurso.

Los mahometanos, aunque hombres, eran enemigos de Dios y habían atentado contra su vida; por consiguiente, bien muertos estaban. ¿Pero aquellos diecisiete infantes, a quienes había servido de implacable Herodes, qué daño le habían hecho? ¿Merecía tan horroroso castigo una travesura de la juventud? ¿No era su sobrino una de las víctimas? ¿No hubiera sido más humano, pues no estaban sometidos a la acción del fluido, hacer rumbo hacia el presente y, una vez reconquistadas sus naturales proporciones, desembarcarlos en los alrededores de su edad?

Todas estas y otras muchas observaciones se hacía don Sindulfo, pero la imagen de su pasión desatendida, y su amor propio sublevado concluían por vencer, y resultado de tan acerba lucha fue que delirante cayese en los brazos de su amigo bajo los efectos de una continua convulsión.

¿Pues no estaba garantizado por la inalterabilidad? me objetará alguien. Ciertamente, pero la acción del fluido, penetrando por la membrana epidérmica, atravesando el dermis e infiltrándose por los tejidos musculares, solo alcanza a la superficie de los huesos, que petrifica como las demás vías por donde circula. Así pues el ejemplar influido por sus corrientes, ni pierde la tersura del cutis, o sea la juventud, ni sufre de erupciones cutáneas, ni está expuesto a las inflamaciones producidas por la acción atmosférica: pero experimenta hambre, sed y sueño y no se exime de padecimientos viscerales, productos las más veces del sistema moral al que la ciencia no ha llegado a dar todavía la osificación que a un tegumento.

Cargó pues Benjamín con aquel cuerpo inanimado y lo condujo a su dormitorio para ver de provocar la reacción metiéndolo en la cama; pero, al pasar por el laboratorio, recordó la velocidad vertiginosa que habían impreso al aparato en el momento de la invasión marroquí, y temeroso de alguna catástrofe por imprudencia, dio un golpe a la aguja del graduador, reduciendo el Anacronópete, a su entender, a la locomoción media.

¡Qué pequeños incidentes son origen de los más grandes acontecimientos!

Don Sindulfo, acurrucado en el lecho, daba diente con diente de continuo y alguna que otra sacudida por intervalos a Benjamín.

—Juanita —dijo este saliendo al encuentro de la de aparejo redondo—. Calienta un poco de agua para hacer una infusión a tu amo que se siente mal.

—¿Quién? ¿Yo? Pues como no sea para escaldarle vivo, que se aguarde a que encienda fuego.