Un grito de asombro se escapó de todos los pechos.

—¿Quién eres tú? —preguntó la reina casi prosternándose atónita ante el que en su fe bendita tomaba por aparición celeste.

—Un pobre mortal —respondió Benjamín— que os pide por toda recompensa que le dejéis seguir libremente su camino suministrándole un bocado de pan con que aplacar su hambre.

Tan limitada exigencia acabó de ratificar el juicio que doña Isabel formara del profeta; y sin atreverse a insistir en premiarle con dádivas humanas, ella por sus propias manos le aderezó unas alforjas henchidas de rico jamón de las Alpujarras y rebosando de pan del mejor candeal de Castilla, amén de una cantimplora de vino de Aragón del que, para el servicio de la mesa de don Fernando, custodiaban en el repuesto los despenseros de campaña.

Ya se disponía Benjamín a abandonar la tienda, cuando la soberana llamándole aparte y con las manos cruzadas en ademán de súplica:

—¿Qué puedo hacer —le dijo— para felicidad de mis vasallos y esclarecimiento de mi trono?

—Dad oídos, señora —le contestó el políglota— a un genovés que vendrá a ofreceros un mundo.

—¿A Colón? —preguntó la reina admirada—. Ya le he visto; ¡pero si aseguran que es un loco!... Además, mi tesoro está exhausto.

—Vended vuestras joyas si es preciso. Él centuplicará su valor creando vicios para la humanidad.

Y así diciendo entregó a la reina una breva de Cabañas a la que la pobre señora daba vueltas entre sus dedos sin explicarse su virtud.