—¿Y qué es esto? —se resolvió a inquirir al cabo.
—¡Humo! —exclamó Benjamín, y desapareció.
Y en efecto, dos años después, corriendo en busca de otro rumbo para las Indias orientales, volvía Colón de América con un nuevo mundo para España y una infinidad de estancos para las viudas de militares pobres.
—¿A Colón? —preguntó la reina admirada
El segundo descenso que en busca de vitualla hizo Benjamín a la tierra, veinte horas más tarde o sea en las postrimerías del siglo XI, no ofreció nada de notable. No así el que después de un período equivalente verificó en el año 696 a la ciudad de Rávena al declinar la tarde de un domingo.
Esta villa, como saben todos, era a la sazón la residencia de los exarcas que dirigían los destinos de la parte de Italia sometida al poder de Bizancio. Gobernada por las instituciones municipales del Bajo-Imperio, estaba distribuida en escuelas para las milicias urbanas; pero una bárbara costumbre tenía allí lugar. Los días de fiesta, jóvenes y viejos, niños y mujeres, cualquiera que fuese su condición, salían de la ciudad y, divididos en bandos, se libraban a unas pedreas de que resultaban siempre heridos y muertos. Gozoso volvía Benjamín de un convento en que, gracias a los harapos de mendigo que se había colgado, recibiera abundantes provisiones; y dirigiéndose iba hacia su vehículo, cuando una desaforada gritería y una multitud de gente que avanzaba en precipitada fuga le dieron a comprender, compulsando fechas y según lo que en Agnelli había leído, que atravesaba aquel histórico momento en que los de la puerta Tiguriana, vencedores de los de la poterna de Sommovico, los persiguieron hasta dar cuenta de la mitad del opuesto campo.
—Esto no reza conmigo —dijo para su capote el viajero, y se echó a correr a campo traviesa; pero los guijarros llovían con tal profusión que a fin de acelerar su marcha no titubeó en apoderarse de un burro lombardo que pacía en una pradera y cuyos lomos oprimiendo sacó al escape. Desgraciadamente una piedra salida de una honda tiguriana hirió con tan mala suerte a su cabalgadura que, dándole de lleno en un corvejón, le rebanó la pata por entero sin que al reponerse de la caída pudiera el jinete dar con el miembro mutilado que deseaba conservar como recuerdo de aquel drama cuyo fin, según diremos de paso, fue el siguiente: Vencidos los de la poterna simularon una reconciliación; e invitando a un festín a los de la escuela Tiguriana, los degollaron a todos arrojando sus cadáveres en las cloacas. Los traidores fueron ahorcados, sus muebles consumidos por el fuego; y, allanadas sus viviendas, el área en que se alzaban fue conocida en adelante con el nombre del barrio de los asesinos.
Restituido milagrosamente Benjamín al Anacronópete, compartió su pitanza con Clara y con Juanita que desde la desaparición del ejército no salían de su cuarto en el que la aflicción las tenía relegadas; propinó algunas yerbas saludables que había cogido para don Sindulfo y emprendió su marcha hacia el celeste imperio. Pero al abrir su armario para hacer unas apuntaciones en el diario de bordo ¿qué creerán mis lectores que encontró dentro? Pues nada menos que la pata del burro hirsuta y sanguinolenta ocupando en el casilicio el lugar del famoso hueso que el desgraciado comprara en Madrid a peso de oro tomándolo por una canilla de hombre fósil descubierta en las inmediaciones de Chartres.
Por fin sonó el año 220 en el cuadrante del tiempo relativo y, haciendo alto el coloso en los arrabales de Ho-nan, la esperanza de hacerse dueño del secreto de la inmortalidad borró el desengaño antropológico de que jamás hizo mención Benjamín a sus compañeros de viaje.