—¿Pero de dónde lo extraen?
—Del seno de la tierra; de las materias fecales, cuyas emanaciones conducimos a donde queremos merced a unos tubos subterráneos.
—Eso también lo dice Julien; pero se lo atribuye al siglo VIII. No os admire, señor, nuestra extrañeza; pues aunque teníamos vagos indicios de vuestros adelantos, son estos tales y tan en abierta contradicción con la decadencia y el atraso de la China del siglo XIX, que no nos atrevíamos a dar crédito a la civilización del pasado por el estacionamiento y hasta retroceso del presente.
—Todas las naciones que alcanzan un gran desenvolvimiento, suelen ver desaparecer su grandeza, que utilizan otros estados nacientes —arguyó Hien-ti, no creyendo prudente, en razón de los planes que abrigaba, decir a los viajeros que eran unos impostores vulgares que querían hacer pasar por prodigios de supuestas edades futuras las nociones más rudimentarias de la ciencia practicada a la sazón.
—¿De modo que habrá que tomar por artículo de fe el aserto de Julien que, con la tinta y el papel de trapo, coloca la pólvora entre los descubrimientos del siglo segundo, anterior a Jesucristo?
—¿La pólvora?
—Sí. Esa composición de setenta y cinco partes de sal de nitro con quince y media de carbón y nueve y media de azufre, atribuida en la Edad media al monje alemán Schwartz, y que el sinólogo en cuestión cree que fue introducida en Europa, de la China, donde el nitrato de potasa lo da ya preparado la naturaleza.
—Como no te refieras a los cañones, no sé qué quieres decir. A ver si es esto.
Y tomando el emperador de una panoplia una flecha embadurnada de un polvo negro (que no era otra cosa sino pólvora), a cuyo extremo inferior había un cohete amarrado, prendió fuego a la corta mecha que de este pendía, apoyó el rehilete en la cuerda del arco y disparándolo por la ventana se incendió en el espacio como una lengua de fuego, acrecentando su marcha con la nueva fuerza impulsiva que le prestaba la explosión del petardo en la atmósfera.