—Dejad —prosiguió la egregia dama— que bese las rodillas de la criatura que ha velado por mi existencia.

Y sus ojos arrasados de lágrimas se posaron con gratitud en King-seng.

—No es mía desgraciadamente la honra de haber salvado vuestros preciosos días —replicó el maestro de ceremonias que, no explicándose de otro modo la presencia de la emperatriz en el Anacronópete, supuso desde luego que sus tripulantes, más felices que él, habían logrado con astucia sacar de las mazmorras a la víctima inocente de Hien-ti.

Los viajeros, aunque sabían que la momia encerrada en un sarcófago de alcanfor de época harto remota para poder resistir victoriosamente la acción retrógrada del tiempo, debía su resurrección a la circunstancia de no estar sometida a la inalterabilidad, dejaron al mandarín en su creencia, tanto por lo que tenía de racional, cuanto por lo que favorecía sus planes.

—¡Cómo! ¿Son estos? —adujo la emperatriz al enterarse de la situación y besando con transportes de gozo a Clara y a Juanita; con gran contentamiento de la última que por primera vez se veía objeto de las caricias de una soberana.

—Sí; estos son los que han roto vuestras cadenas. Desgraciadamente llegaron tarde para librar de la muerte al occidental su hermano, que como no ignoráis os precedió en el suplicio.

—¡Pobre mártir! —articuló Sun-ché tributando un triste recuerdo al que fue su mejor amigo.

Pero de pronto, levantando sus hermosas pupilas negras y fijándolas en don Sindulfo y en Benjamín que, con fruición arqueológica, saboreaban aquel triunfo de la ciencia,

—Es extraño —repuso—. Yo os he visto antes de ahora. Vuestras facciones despiertan en mí un recuerdo vago y confuso que no acierto a precisar.

—¡Ca! No lo crea Usía —interrumpió Juana—. Si estos moscones no se separan de nuestro lado. Son dos granos malignos que nos han salido a la señorita y a mí.