Clara hizo un gesto negativo.

—¿Y bien? ¿Vuestras órdenes? —dijo Tsao-pi al tirano.

—Cumple con tu deber —repuso este tras breve pausa—. Y para que mi pueblo vea que nada me hace retroceder ante la salud del estado, comienza el sacrificio por la emperatriz rebelde y por los encubiertos partidarios de los gorros amarillos.

Y mientras obligaban a los reos a arrodillarse delante del dragón, un pelotón de arqueros destacándose de las fuerzas se aprestó espontáneamente a consumar la hecatombe.

Apuntaron en efecto; pero al dar el emperador la voz de tirar, volvieron contra este sus armas y el feroz Hien-ti cayó sin vida en el suelo atravesado por las flechas y bañado en sangre. Sus soldados, poseídos de la superstición de que cuando el jefe muere, sus legiones no alcanzan jamás la victoria, emprendieron despavoridos la fuga sin que los esfuerzos de Tsao-pi los pudieran detener, y perseguidos por los defensores de Sun-ché que libertados de sus trabas por los arqueros corrieron a coronar su obra.

Entretanto las inocentes víctimas restituidas a la existencia, se abrazaban entre sí, lloraban de emoción; y por señas, pues la voz no salía del pecho, daban gracias a sus salvadores.

—¿A quién debemos la vida? —pudo por fin articular Clara.

—¡Viva España! —gritaron diecisiete voces. Y los arqueros despojándose de sus vestiduras dejaron ver a los hijos de Marte en toda la plenitud de su desarrollo.

—¡Ellos! —exclamaron sus compatriotas ante aquel espectáculo más fenomenal que los anteriores.