—¡Tú! ¡Y de tamaño natural! —repetía Juanita sin cansarse de mirar a su Pendencia y midiéndole la caja del cuerpo con los brazos.

—¡Pues qué! ¿Crees tú que a mí ze me encoge el corazón ante el peligro?

Clara estuvo a punto de desmayarse de alegría; pero como las mujeres tienen el talento de la oportunidad, no perdió el sentido más que lo estrictamente necesario para tener que apoyarse en el hombro de Luis. Benjamín discurría sobre las causas del fenómeno, y don Sindulfo echaba espumarajos por la boca vociferando:

—¿Cómo estáis aquí?

—¡Toma! ¿Puz no viajamos juntoz?

—Yo os lo explicaré —repuso la emperatriz—. Al dirigirme a palacio los vi rondando la poterna; conocí por sus trajes que eran de los vuestros; y ellos, comprendiendo por mis señas mis intenciones, se acomodaron a ejecutar mis planes que eran velar por vosotros.

—Pero no es eso —gritaba el tutor cada vez más exaltado—. ¿En qué consiste que después de evaporarse en el camino reaparecen en China en toda su integridad?

—No es este el momento de las explicaciones —adujo Benjamín, temiendo alguna nueva complicación—. ¿Traéis las pruebas de la inmortalidad?

—Sí —repuso Sun-ché.

—Pues lo que urge es ponernos en salvo.