CAPÍTULO XVI
En que todo se explica complicándose todo
La situación a bordo había cambiado completamente. Las muchachas bailaban en un pie ante un aumento de tripulación tan inesperado como de su gusto, y la misma emperatriz no ocultaba a nadie el contento que le producía su viudez. Los mílites arrullados por Cupido perdían la memoria de sus pasadas desventuras; y Benjamín, próximo a tocar su desideratum, bendecía las circunstancias que le colocaban en el caso de dar cima a su obra sin entorpecimiento alguno, puesto que de hecho él se hallaba convertido en jefe de la expedición.
Y efectivamente; desde el punto en que entraron en el Anacronópete, don Sindulfo, que no había desplegado sus labios por el camino, se dejó caer en una silla víctima de un abatimiento alarmante. Tan pronto su mirada se clavaba en el suelo en la actitud del hombre que medita, como sus ojos desencajados erraban de uno a otro de sus compañeros, brillando con el siniestro resplandor de la amenaza. Cien ideas confusas se disputaban el paso por las inyectadas venas de su frente, en cuyas pulsaciones, alternativamente regulares y febriles, podía leerse ya el planteamiento de un teorema en demanda de una explicación científica para tantos fenómenos incomprensibles, ya los arrebatos de la ira caminando ciega de los celos a la venganza.
—Me parece que a don Pichichi se le ha aflojado algún tornillo del Capitolio; —dijo Pendencia observando como los demás el estado del tutor.
—Y a usted también se le desmorona el cimborio —adujo Juanita encarándose con Benjamín—. Figúrense ustedes que hace poco, cuando los chinos querían mecharnos, estos dos señores han creído reconocer a la difunta de don Sindulfo que requiescat. ¿Habráse visto despropósito mayor?
—En cuanto a eso, hablaremos más tarde —contestó el políglota un sí es no es picado. No por desconocer las causas hemos de negar los efectos de las cosas.
—¿Cómo?
—En este viaje inverosímil lo lógico es tal vez lo absurdo. Demos tiempo al tiempo.