En aquel momento oyeron un penetrante grito y vieron a Sun-ché que, asida por el brazo, hacía esfuerzos para desprenderse de las férreas y convulsas manos de don Sindulfo. La infeliz, llevada de su instintivo amor hacia el sabio, había querido prodigarle una caricia, y el pobre loco la había recibido como algunos cuerdos reciben a la mujer propia, por la sola razón de serlo. Pero la víctima, cediendo a una convulsión nerviosa, agitaba los remos que le quedaban libres, con tan mala suerte para el presunto marido, que a más de algunos puntapiés en las espinillas se llevó desde la boca a la nuca una colección de redobles a puño cerrado, en que las narices, como punto más saliente, no fueron las menos favorecidas.

—¡Es ella! ¡Es ella! —exclamó don Sindulfo soltándola por fin, y corriendo despavorido al lado de su familia—. ¡Es Mamerta! ¿Recuerda usted que tampoco podíamos contrariarla sin que sufriésemos las consecuencias de sus crispaciones, con lo que conseguía hacer siempre su voluntad?

—Calma, amigo mío, calma —repetía Benjamín no menos absorto que el tutor ante la analogía de la soberana con la hija del banquero zamorano. Mientras no nos expliquemos racional o científicamente cómo una mujer española y del estado llano, ahogada en el siglo XIX, puede ser una emperatriz china del siglo tercero, estamos en el caso de suponerlo todo pura coincidencia.

—Pero, hombre de Dios —arguyó Juana—: si eso es achaque de cada hija de vecino; la gramática parda del sexo. Y yo misma, si no hubiera usted sido mi señor, del primer ataque que me tomo cuando nos sacó usted de París, le deshago a usted el depósito de la sabiduría.

—¡Y los cazcoz zon para ello! —repuso Pendencia haciendo notar los puños que Juanita crispaba.

—¿No tendría la difunta alguna especialidad más marcada a cuyo cotejo someter a la emperatriz por vía de prueba? —preguntó el capitán de húsares participando de la extrañeza general.

—Piénselo usted bien —insistió Clara.

Don Sindulfo recogió un momento sus ideas, y después de reiterados esfuerzos:

—Sí —exclamó dándose un golpe en la frente y sacando del reverso de la solapa una aguja que enhebrada tenía siempre a prevención para ensartar papeletas del catálogo.

Y antes de que los circunstantes pudieran inquirir su propósito, dirigióse a donde Sun-ché se hallaba descansando del accidente.