—Cósame usted esto —dijo arrancándose bruscamente un botón de la levita, y presentándoselo a la emperatriz, a quien miraba de hito en hito para no perder detalle del experimento.

La buena señora que, no entendiendo nada de lo que ocurría en torno suyo, comenzaba a aburrirse, echó mano al botón considerándolo un objeto de curiosidad; pero al ver el arma de costura dio un penetrante grito, y doblando la cabeza sobre el pecho quedó desmayada en la silla; circunstancia que, como dijimos al comienzo de este relato, era peculiar de la organización de la muda y que Benjamín, lívido de estupor, refirió a los atónitos viajeros.

—No hay duda, no —gritaba don Sindulfo retorciéndose como una culebra—; el mismo horror a las agujas enhebradas que no la permitió zurcirme nunca un par de calcetines.

—Se conoce que la banquera era catedrática en holgazanería —arguyó en voz baja la doméstica; mientras el atribulado don Sindulfo, pronunciando frases incoherentes, golpeando cuanto en el camino encontraba, y echando espuma por la boca y fuego por los ojos, se dirigió frenético a su gabinete en busca de una solución para aquel problema.

Todos se precipitaron tras él; pero la puerta, cerrada con estrépito, les cortó el paso. Entonces se resolvieron a prestar algún auxilio a la emperatriz; precaución que fue inútil, porque la augusta dama, como si se lo hubiesen soplado al oído, en cuanto la aguja desapareció, se quedó más buena que antes.

—Supongo —dijo Luis al políglota— que en el estado en que está mi tío no le confiará usted el rumbo de la expedición.

—¡Dios me libre! Podría hacernos víctimas de su enojo —adujo Clara.

—Con ece arriero eztamoz ceguroz de volcar.

—Descuiden ustedes —objetó Benjamín—. Me interesa demasiado el asunto para confiar la derrota a un demente.

—¡Cómo! ¿Ha perdido el juicio? —preguntaron los demás.