—Mucho me lo temo. Con todo, no desespero de salvarle. Confíen ustedes en mí.
E invitando a Sun-ché a acercarse al aparato de la inalterabilidad, en tanto que los viajeros hacían comentarios sobre la situación, la descargó unas corrientes que debieron contrariarla también a juzgar por las sacudidas nerviosas que llovieron sobre el occipucio del anticuario. Acto continuo separó el aislador que entorpecía la acción del volante; y elevando el vehículo a la zona atmosférica en que debía tener efecto la locomoción, hizo parar en seco el Anacronópete exclamando:
—Ahora sepamos a dónde nos dirigimos.
—¡A París! —fue el grito unánime.
—Juzto; a Pariz para encerrar al zabio en un manucordio y hacer que a nozotroz noz eche el cura el garabato nuncial.
—Antes —objetó Benjamín— veamos si el principal objeto de nuestra expedición se ha logrado satisfactoriamente.
—¿Cuál?
—La posesión del secreto de la inmortalidad que nos ha ofrecido la emperatriz.
Instada esta a explicarse, sacó un pergamino en el que había trazado por una mano experta el plano de una ciudad.
—¿Qué es esto? —preguntó el ansioso arqueólogo temiendo un desengaño.