—Algún pellejo de zambomba de la adoración de los pastores en el Portal de Belén —dijo Juanita.
—Pero, ¡la fórmula!... —volvió a insistir impaciente Benjamín apremiando a Sun-ché.
—El occidental no tuvo ocasión de iniciarme en ese misterio, sorprendido como fue por mi tirano esposo; pero al encarecerme la eficacia de su principio, me manifestó que las pruebas de la inmortalidad habían sido enterradas por uno de sus antecesores en Pompeya, debajo de la estatua de un emperador, marcada en el pergamino con un círculo rojo.
—Sí, aquí está —interpuso Benjamín señalando en el papiro una mancha circular bajo la que en correcto latín se leía: «Efigie pétrea de Nerón.»
—Parece ser —prosiguió la emperatriz— que el conocimiento de esta circunstancia pasó tradicionalmente por varias generaciones sin que nadie se atreviera a evidenciarlo; hasta que el intrépido mártir cuya muerte sentimos, se resolvió a sacarlo a luz; pero acusado de profanación por habérsele sorprendido en el instante en que se disponía a zapar la estatua, consiguió a duras penas evadirse de la prisión y llegar a mis dominios donde tuve la fortuna de conocerle. Una expedición secreta a su patria estaba ya decidida para hacerse con el misterioso talismán, cuando el fin que todos sabéis ha venido a destruir nuestros proyectos.
—Aún vive quien los secundará —dijo Benjamín con los ojos centelleantes de entusiasmo. Y dirigiéndose a los suyos—: A Pompeya —añadió.
Algunas protestas levantó aquel grito; pero la felicidad es tan complaciente y era tan natural el deseo de los viajeros de hacer una excursión por el pasado, libres ya de los riesgos que hasta entonces habían corrido, que aplacados los murmullos, Benjamín orientó el vehículo y poniéndolo en movimiento, hizo rumbo hacia la hija tan feliz como mimada del risueño golfo de Neápolis.
Las siete horas que habían de tardar en recorrer los ciento cuarenta y un años que separaban a los anacronóbatas del principio del tercer siglo al último tercio del primero, no eran intervalo para que se aburriesen unas personas que tanto tenían que contarse y tantas curiosidades que admirar. Capitaneados pues por Juanita, los neófitos pusiéronse a girar una visita de inspección al Anacronópete en tanto que Benjamín, normalizada relativamente la situación, buscaba la causa de aquellos efectos fenomenales.
Lo primero que trató de explicarse es la aparición de los mílites evaporados. Retrogradó por consiguiente en sus pensamientos, y a fuerza de hombre lógico, se dijo que si la consecuencia era anómala, el origen tenía que ser necesariamente irregular. Ahora bien: ¿qué circunstancia extraordinaria había ocurrido durante la navegación? Al momento le vino a las mientes el impulso retroactivo que él mismo imprimió al Anacronópete poco después de la catástrofe de los riffeños, cuando creyendo caminar hacia el pasado estuvo haciendo rumbo al presente hasta llegar a Versalles en la víspera del día de partida. La luz estaba hecha y las tinieblas disipadas: la deducción no tenía vuelta de hoja.
Y en efecto, si mis lectores recuerdan el incidente del ochavo moruno (que, perdido por un kabila, se aniquiló en cuanto traspuso el instante en que fue acuñado, pero que volvió a cobrar forma apenas el Anacronópete, marchando hacia el presente, rebasó el minuto de la acuñación), comprenderán que el fenómeno de la resurrección de los hijos de Marte obedecía a la misma causa. Evaporados al retrogradar, habían perdido su forma humana, obra del tiempo; pero su espíritu inmortal no había abandonado el Anacronópete, como el grano de trigo oculto en la gleba no deja de existir en el terruño aunque invisible hasta la germinación. Así es que, cuando en su marcha hacia el hoy, sonó en el vehículo la hora del nacimiento de los soldados, la envoltura de carne acudió al llamamiento cronológico; y el germen, rompiendo la tierra, dejó ver el tallo para ser robusta caña y volver a tomar las proporciones de su espiga.