—Pues entonces—replicó resueltamente el montañés—ya veremos cómo vuestros gallegos, que tienen la misma agilidad que los sapos, se encaraman por aquellos caminos carreteros, porque yo y los míos mañana mismo nos volvemos a nuestros valles.

—Quizá no volváis—respondió el conde con una voz ahogada por la rabia—porque quizá yo os mande amarrar a un árbol y despedazaros las carnes a azotes hasta que muráis. Vuestra obligación es servirme, como vasallos míos que sois.

El montañés le respondió con templanza, pero valientemente:

—Durante la temporada del invierno, que es la de nuestras batidas y cacerías, ya sabéis que, según costumbre inmemorial y fuero de vuestros mayores, no estamos obligados a serviros. Lo que ahora hacemos es porque no se diga que el peligro nos arredra. En cuanto a eso que decís de atarme a un árbol y mandarme azotar—añadió mirándole de hito en hito—, os libraréis muy bien de hacerlo, porque es castigo de pecheros, y yo soy hidalgo como vos y tengo una ejecutoria más antigua que la vuestra y un arco y un cuchillo de monte con que sostenerla.

El conde, aunque trémulo de despecho, por uno de aquellos esfuerzos propios de la doblez y simulación de su alma, conociendo la necesidad que tenía de Andrade y de los suyos, cambió de tono al cabo de un rato y le dijo amigablemente:

—Andrade, os otorgo la vida de esos hombres que caigan vivos en vuestro poder; pero no extrañéis mi cólera, porque me han agraviado mucho.

—Los rendidos nunca agravian—respondió Cosme—; ahora nos tenéis a vuestra devoción hasta morir.

—Anda con Dios—le dijo el conde—, y dispón todo lo necesario para pasado mañana al amanecer.

Salió el montañés en seguida, y el conde exclamó entonces con irónica sonrisa:

—¡Pobre necio! ¿Y cuando yo los tenga entre mis garras, serás tú quien me los arranque de ellas?