—¿Estás loco, Andrade? Ni los corzos y rebezos de tus montañas son capaces de trepar por allí.
—Pero lo somos nosotros—replicó él con un poco de vanidad reprimida—. ¿Loco, eh? En verdad que para vos y los vuestros debe de ser locura llegar por aquel lado a pocas varas de la muralla.
—¿Pues no decías que eran menester las alas de las perdices paro eso?
—Es que si entonces dije eso, ahora digo otra cosa; que como decía mi abuela, de sabios es mudar de consejo, y además no soy yo el río Sil para no poder volverme atrás de mis juicios cuando van descaminados. Os digo que de allí al castillo no hay más que una mediana escala o unas brazas de cuerda con un garfio a la punta.
—Pero ¿crees tú que no tendrán allí escuchas ni centinelas? Cuenta con que dos hombres solos podrían desbaratarnos desde aquel sitio.
—Más de una hora estuve escuchando—repuso el montañés, que ya comenzaba a impacientarse con tantas objeciones—, y no oí ni cantar, ni rezar, ni silbar, ni ruido de armas o de pasos.
—¡Ah!—respondió el conde poniéndose en pie con júbilo feroz—; míos son, y de esta vez no se me escaparán. Pídeme lo que más estimes de mi casa y de mis tierras, buen Andrade, que por quien soy, te lo daré al instante.
—No es eso lo que tengo que demandaros, señor—replicó el cabreirés—, sino la vida del comendador en especial y de todos los demás caballeros que prendamos. A mí y a los míos nos conservaron la que nos sustenta, y como sabéis, sin duda mejor que yo, el que no es agradecido no es bien nacido.
Quedóse como turbado el conde con tan extraña petición; pero recobrando sus naturales e iracundas disposiciones, le dijo rechinando los dientes y apretando los puños:
—¡La vida de ese perro de Saldaña! ¡Ni el cielo ni el infierno me lo arrancarían de entre las manos!