Y en seguida contó al conde la escena de la poterna y la largueza del comendador. Mordióse el conde los labios de despecho al ver que en todo le vencían y sobrepujaban aquellos soberbios enemigos, y deseoso de borrar su liberalidad, dijo al cazador:
—Doscientas doblas te daré yo si encuentras modo de que entremos en el castillo.
—Eso haré yo sin las doscientas doblas—respondió Andrade—porque las ciento que me dió Saldaña todas las he repartido entre los heridos y viudas de los pobres que murieron aquel día. A mí, Dios sea bendito, nada me hace falta, mientras tenga mi ballesta y haya osos y jabalíes por Cabrera.
Con esto, y después de recibir las instrucciones del conde, se salió de su tienda, y juntando una docena de los más esforzados de los suyos bajó por detrás de Villavieja hasta el riachuelo y se acercó a la raíz misma de las asperezas que por allí defienden el castillo. Con sus ojos acostumbrados a los acechos nocturnos, comenzaron a registrar las matas y peñascos; y entre una quiebra formada por dos de ellos y medio cubierta por los arbustos, tardaron poco en divisar los barrotes de hierro de la reja; pero no bien se habían acercado, cuando una flecha salió silbando de la obscuridad e hirió de soslayo a uno de ellos en un brazo. Apartáronse al punto conociendo que era imposible toda sorpresa con hombres tan vigilantes, y que una embestida a viva fuerza por la misma sería tan temeraria como inútil. Comenzaron, por lo tanto, a retirarse; pero al pasar por debajo del ángulo oriental del castillo paróse Andrade y comenzó a mirar atentamente las grietas y matorrales de aquel escarpado declive. Por lo visto hubo de satisfacerle su reconocimiento; pues comenzó a trepar por aquella escabrosidad asiéndose a cualquier arbusto y asentando el pie en la menor prominencia del peñasco, hasta que llegó, con asombro de los mismos suyos, a una especie de plataforma poco distante ya del torreón. Allí se puso a escuchar con gran ahinco por ver si sentía los pasos del centinela, y después de observar cuidadosamente durante otro rato todos los accidentes, formas y proyecciones del terreno, se volvió a bajar del mismo modo que había subido, aunque con mayor trabajo. En cuanto llegó a la margen del arroyo encomendó el silencio a sus compañeros, y apretando el paso, poco tardaron en llegar a los barrancos de las Médulas. Dormía el conde a la sazón, pero en cuanto se presentó Andrade a la entrada de la tienda, al punto le despertó un paje y no tardó en introducir al montañés. Hízole sentar el conde, y después de ofrecerle una copa de vino, que sin ceremonia trasegó a su estómago, le pidió cuenta de su expedición.
—Hemos dado con la puerta—contestó Andrade—, pero está defendida y por allí no hay que pensar en meterles el diente.
—Bien debí presumirlo—respondió el conde—, pero la impaciencia me ciega y me consume.
—No os dé pena por eso, señor—respondió el montañés—, porque he descubierto otro boquete algo mejor y más seguro.
—¿Y cuál?—preguntó el conde con ansiedad.
—El torreón del lado del naciente—respondió el cazador muy ufano.
El conde le miró con ceño y le dijo ásperamente: