Algo más tardaron en llegar los refuerzos de Galicia, tanto por la mayor distancia, cuanto porque el conde, escarmentado con el pasado suceso, y convencido de que Cornatel no era para ganado de una embestida, había hecho traer trabucos y otras máquinas de guerra que embarazaron no poco la marcha de las tropas. Durante este tiempo sobrevinieron graves sucesos que aceleraron el desenlace de aquel drama enmarañado y terrible. Los templarios de Aragón, abandonados de todos sus aliados, y en lucha con un trono más afianzado y poderoso que el de Castilla, a duras penas podían resistir, encerrados en Monzón y en algún otro de sus castillos, las armas de toda aquella tierra concitadas en contra suya, y andaban ya en tratos para rendirse. El rey de Portugal, por su parte, a pesar del apego con que miraba aquella noble Orden, conociendo la dificultad de calmar la opinión general y temeroso por otra parte de los rayos del Vaticano, había cedido en su propósito más generoso que político, y aconsejado a don Rodrigo Yáñez y al lugarteniente de Aragón que, aceptando su mediación y confiándose a la justificación de los concilios provinciales, entregasen desde luego sus castillos y bienes, en obediencia de las bulas pontificias. Tal había sido la opinión del maestre de Castilla en un principio, pero los ultrajes hechos a la Orden, por una parte; la conmoción difícil de calmar introducida entre sus caballeros, por otra, y, por último, la imprudencia del rey Fernando el Cuarto, en elegir para capitán de aquella facción al enemigo más encarnizado del Temple en el reino de León, le habían retraído de ponerla en planta. De todos modos, ahora la inexorable mano del destino parecía indicarle esta senda, y por lo mismo envió cartas a Saldaña, noticiándole lo que pasaba y exhortándole a que, atajando la efusión de sangre, entrase en capitulaciones honrosas con el conde. El anciano comendador dió por respuesta que el encono y rencor implacable del de Lemus imposibilitaban todo término justo y decoroso de avenencia, pues sólo soñaba y respiraba venganza del revés que había experimentado delante de sus murallas: que con semejante hombre, ajeno de toda hidalguía, no podía responder de las vidas de sus caballeros, y, finalmente, que si el rey traspasaba a otro cualquiera de sus ricos hombres el cargo y autoridad por él ejercida, desde luego entablaría las pláticas necesarias.
De estas noticias las más esenciales se derramaron brevemente por el campo sitiador, y el conde no dejó de aprovecharlas para sus intentos de odio y de venganza. Don Alonso no pudo menos de recordarle cuán ajeno era de la ley de la caballería negar todo acomodo honroso a unas gentes que tan ilustre nombre dejaban, sobre todo cuando tantos daños podían venir a la desventurada Castilla de la prolongación de una lucha fratricida; pero el conde le respondió que sus órdenes eran terminantes y su único papel la obediencia. Separáronse, pues, más desabridos que nunca, y el señor de Arganza le amenazó con que pondría de manifiesto ante los ojos del rey la preferencia que daba a sus rencillas e intereses particulares sobre el procomún de la tierra y de la corona. El conde, que en el fondo no desconocía la justicia y prudencia de semejantes reclamaciones, temió con razón que la corte accediese a ellas, y como por otra parte sus tropas estaban ya provistas y reforzadas, se decidió a dar la última embestida a Cornatel.
Poco tardó en averiguar que los jinetes que habían destrozado su caballería habían salido del castillo y no venido de Ponferrada como en un principio se figuró. Así, pues, procuró conocer la misteriosa puerta que sin duda daba al precipicio, deseoso de herir a un contrario por los mismos filos. Mandó llamar para esto al intrépido Andrade, que gracias a su serenidad y a los hábitos de cazador, podía andar por sitios inaccesibles a la mayor parte de las gentes, y al mismo tiempo poseía gran astucia y sagacidad.
—Cosme—le dijo en cuanto le vió en su presencia—, ¿te parece que podremos entrar en ese infernal castillo por el lado del derrumbadero?
—Por muy difícil lo tengo, señor—respondió el montañés dando vueltas entre las manos a su gorro de pieles—, a menos que no nos den las alas de las perdices y milanos; ¿pero hay más que verlo, señor?
—Sí, pero en eso está el peligro, porque con una peña que echen a rodar de arriba pueden aplastaros en semejantes angosturas.
—De manera es que no hay atajo sin trabajo—respondió el animoso Andrade—y no estaré mucho peor que en aquel maldito puente que parecía el del infierno.
Frunció el conde el ceño con este importuno recuerdo de su derrota; pero conteniéndose como pudo explicó sus deseos al montañés, que con la agudeza propia de aquellas gentes los comprendió al momento.
—Así, y con la ayuda de Dios—concluyó el caudillo—presto daremos cuenta de esos ruines hechiceros que sólo con sus malas artes se defienden.
—En eso habéis de perdonar, señor—replicó el sincero montañés—, porque si el diablo los asiste, no se ayudan ellos menos con sus brazos, que a fe que no son de pluma. Y sobre todo, mágicos o no, en sus manos me tuvieron con una porción de los míos, y pudiendo colgarnos al sol para que nos comieran los cuervos, nos dejaron ir en paz y nos regalaron sobre esto.