La precaución de Saldaña no podía ser más cuerda, pues a los pocos pasos encontraron los caballeros de don Álvaro, que al ver los rojizos coletos de los montañeses, al punto enristraron las lanzas. Carvajal se adelantó entonces, y los dejaron pasar sanos y salvos, sin más pesar que el recuerdo de los compañeros que dejaban sin vida, delante de aquel terrible castillo. Don Álvaro no sólo cumplió el objeto de su salida, sino que antes de volver a Cornatel quemó las empalizadas y chozas de los sitiadores, se apoderó de sus víveres y pertrechos, y trajo arrastrando la bandera enemiga. Todo esto pasaba a la vista del conde, que, trepando por la agria pendiente de los montes y desesperado de vencer el terror pánico de los suyos y llevarlos a las obras que había trazado, veía a aquel rival aborrecido talarlo y destruirlo todo, mientras él huía en medio de los suyos, que en aquel momento parecían una manada de corzos acosada de los cazadores.

Así, pues, reunió su gente como pudo, y aquella misma noche volvió a las Médulas, de donde dos días antes había salido con tan diferentes pensamientos. Allí escogió una posición fuerte y aventajada, en la que se reparó con el mayor cuidado y adonde poco a poco se le fueron allegando los dispersos. Aquella noche se pasó entre las voces de los que se llamaban unos a otros según iban llegando, entre los lamentos de los heridos y los llantos de las mujeres que habían perdido alguna persona querida; los más valientes habían perecido en la refriega, y cuando los respectivos jefes pronunciaban sus nombres, sólo les respondía el silencio o algún amargo gemido. El conde mismo había perdido dos deudos muy cercanos y veía retrasada, por lo menos, durante mucho tiempo, una empresa de que tanta honra y mercedes pensaba sacar. Todas estas desdichas exacerbaron su orgullo ofendido y avivaron su odio a los templarios y en especial a don Álvaro, de manera que todo se propuso intentarlo a fin de vengarse.

Por lo que hace al señor de Bembibre, que tantos laureles había cogido en aquella jornada, fué recibido con tales muestras de estimación y con tanto aplauso, que su entrada en Cornatel fué un verdadero triunfo.

CAPÍTULO XXVII

Después de la malograda empresa que acabamos de describir, el conde mandó a pedir refuerzos a sus estados de Galicia, firme en su propósito de lavar con la toma de Cornatel la afrenta recibida. Antes de que llegasen, sin embargo, las mesnadas de Arganza y Carracedo, cruzaron el Sil al mando de don Alonso Ossorio, y fueron a engrosar sus diezmadas filas: socorro oportunísimo en aquellas circunstancias poco favorables, no sólo por el número y calidad de sus guerreros, sino por el prestigio que el señor de Arganza disfrutaba en el país, y, sobre todo, por el sello de religión que parecía poner en la demanda la intervención del abad de Carracedo, justamente respetado por sus austeras virtudes. La confianza volvió a renacer con esto en su pequeño ejército, y como a pocos días de Cabrera comenzaron a venir nuevas bandas otra vez, florecieron en el conde sus antiguas y risueñas esperanzas.

La entrevista de suegro y yerno fué, como pueden figurarse nuestros lectores, muy ceremoniosa, porque delante de sus respectivos vasallos debían dar ejemplo de unión y concierto de voluntades, que tanto provecho podría traer a la causa que defendían.

No era la menor de las contrariedades que sufría impaciente don Alonso la de servir debajo del mando de un hombre que, unido a él por los lazos del parentesco más inmediato, distaba infinito de su corazón por las fealdades que le manchaban. El conde, conociendo harto bien la dificultad de purgarse de sus culpas a los ojos de su suegro, y, por otra parte, viendo bajo sus banderas los vasallos de Arganza, que era uno de los blancos a que se encaminaba desde muy atrás su calculada perfidia, se encastilló en su altanería, y no quiso entrar con su suegro en ningún género de explicaciones. Este, por su lado, guardó una conducta en todo parecida, y aunque delante de los suyos y en todos los actos públicos le trataba con deferencia y aun con cordialidad, cuando la casualidad les juntaba a solas acostumbraban a hablar únicamente de los asuntos militares propios de la empresa que habían acometido: situación para entrambos penosa, pero sobre todo para don Alonso, cuyo carácter franco y noble se avenía mal con semejantes falsías y dobleces. Comoquiera, el deseo de ocultar a los ojos del vulgo los pesares y desabrimientos de su familia, le obligaba a devorar en silencio su amargura, por desgracia demasiado tardía, y que hacía más insufrible todavía la comparación que a cada punto se le presentaba de la suerte de su hija, con la que otra elección más acertada pudiera haberle proporcionado.