—Pero, señor—repuso don Álvaro—, creéis que el señor de Arganza se hará sordo a la voz del honor y de la naturaleza?
—A todo, hijo mío—contestó el templario—. La vanidad y la ambición secan las fuentes del alma, y con ellas se aparta el hombre de Dios, de quien viene la virtud y la verdadera nobleza.
—¿Pero no hay entre vos y él algún pacto formal?
—Ninguno. Menguado fué tu sino desde la cuna, don Álvaro, pues de otra suerte no sucedería que doña Blanca, que en tan alta estima te tiene, fuese causa ahora de tu pesar. Ella se opuso al principio a vuestra unión, porque quiso que su hija te conociese antes de darte su mano, y don Alonso, doblegando por la primera vez su carácter altanero, cedió a las solicitudes de su esposa. Así, pues, aunque su conciencia le condene, a nada podemos obligarle por nuestra parte.
—¿Conque es decir—exclamó don Álvaro—, que no me queda más camino que el que la desesperación me señale?
—Te queda la confianza en Dios y en tu propio honor, de que a nadie le es dado despojarte—respondió el maestre con voz grave entre severa y cariñosa—. Además—continuó con más sosiego—, todavía hay medios humanos, que tal vez sean poderosos a desviar a don Alonso de la senda de perdición por donde quiere llevar a su hija. Yo no le hablaré sino como postrer recurso, porque a pesar de mi prudencia, tal vez se enconaría el odio de que nuestra noble Orden va siendo objeto; pero mañana irás a Carracedo, y entregarás una carta al abad, de mi parte. Su carácter espiritual podrá darle alguna influencia sobre el orgulloso señor de Arganza, y espero que, si yo se lo pido, no se lo negará a un hermano suyo. Su Orden y la mía nacieron en el seno de San Bernardo, y de la santidad de su corazón recibieron sus primeros preceptos. Dichosos tiempos en que seguíamos la bandera del capitán invisible en demanda de un reino que no era de este mundo.
Don Álvaro, al oírle, se abochornó un poco, viendo que en el egoísmo de su dolor se había olvidado de los pesares y zozobras que como una corona de espinas rodeaban aquella cana y respetable cabeza. Comenzó entonces a hablarle de los rumores que circulaban, y el anciano, apoyándose en su hombro, bajó la escalera y le llevó al extremo de la gran plaza de armas, cuyos muros dan al río.
La noche estaba sosegada y la luna brillaba en mitad de los cielos azules y transparentes. Las armas de los centinelas vislumbraban a sus rayos despidiendo vivos reflejos al moverse, y el río, semejante a una franja de plata, corría al pie de la colina con un rumor apagado y sordo. Los bosques y montañas estaban revestidos de aquellas formas vagas y suaves con que suele envolver la luna semejantes objetos, y todo concurría a desenvolver aquel germen de melancolía que las almas generosas encuentran siempre en el fondo de sus sentimientos. El maestre se sentó en un asiento de piedra que había a cada lado de las almenas, y su sobrino ocupó el de enfrente.
—Tú creerás tal vez, hijo mío—le dijo—, que el poder de los templarios, que en Castilla poseen más de veinticuatro encomiendas, sin contar otros muchos fuertes de menos importancia; en Aragón ciudades enteras, y en toda la Europa más de nueve mil casas y castillos, es incontrastable, y que harto tiene la Orden en qué fundar el orgullo y altanería con que generalmente se le da en rostro.
—Así lo creo—respondió su sobrino.