—Así lo creen los más de los nuestros—contestó el maestre—y por ello el orgullo se ha apoderado de nosotros; el orgullo que perdió al primer hombre y perderá a tantos de sus hijos. En Palestina hemos respondido con el desdén y la soberbia a las quejas y envidia de los demás, y el resultado ha sido perder la Palestina, nuestra Patria, nuestra única y verdadera Patria. ¡Oh Jerusalén, Jerusalén, ciudad de perfecto decoro, alegría de toda la tierra!—exclamó con voz solemne—; en ti se quedó la fuerza de nuestros brazos, y al dejar a San Juan de Acre, exhalamos el último suspiro. Desde entonces, peregrinos en Europa, rodeados de rivales poderosos que codician nuestros bienes, corrompidas nuestras humildes y modestas costumbres primitivas, el mundo todo se va concitando en daño nuestro y hasta la tiara, que siempre nos ha servido de escudo, parece inclinarse del lado de nuestros enemigos. Nuestros hermanos gimen ya en Francia en los calabozos de Felipe, y Dios sabe el fin que les espera. ¡Pero que se guarden!—exclamó con voz de trueno—; allí nos han sorprendido, pero aquí y en otras partes aprestados nos encontrarán a la pelea. El Papa podrá disolver nuestra hermandad y esparcirnos por la haz de la tierra, como el pueblo de Israel; pero para condenarnos nos tendrá que oir, y el Temple no irá al suplicio bajo la vara de ninguna potestad temporal como un rebaño de carneros.
Los ojos del maestre parecían lanzar relámpagos, y su fisonomía estaba animada de un fuego y energía que nadie hubiera creído compatible con sus cansados años.
El Temple tenía un imán irresistible para todas las imaginaciones ardientes por su misteriosa organización, y por el espíritu vigoroso y compacto que vigorizaba a un tiempo el cuerpo y los miembros de por sí. Tras de aquella hermandad tan poderosa y unida, difícil era, y sobre todo a la inexperiencia de la juventud, divisar más que robustez y fortaleza indestructible, porque en semejante edad nada se cree negado al valor y a la energía de la voluntad; así es que don Álvaro no pudo menos de replicar:
—Tío y señor, ¿ese creéis que sea el premio reservado por el Altísimo a la batalla de dos siglos que habéis sostenido por el honor de su nombre? ¿Tan apartado le imagináis de vuestra casa?
—Nosotros somos—contestó el anciano—los que nos hemos desviado de él, y por eso nos vamos convirtiendo en la piedra de escándalo y de reprobación. Y yo—continuó con la mayor amargura—moriré lejos de los míos, sin ampararlos con el escudo de mi autoridad, y la corona de mis cansados días será la soledad y el destierro. Hágase la voluntad de Dios; pero cualquiera que sea el destino reservado a los templarios, morirán como han vivido, fieles al valor y ajenos a toda indigna flaqueza.
A esta sazón la campana del castillo anunció la hora de recogimiento, con lúgubres y melancólicos tañidos que, derramándose por aquellas soledades y quebrándose entre los peñascos del río, morían a lo lejos mezclados a su murmullo con un rumor prolongado y extraño.
—La hora de la última oración y del silencio—dijo el maestre—; vete a recoger, hijo mío, y prepárate para el viaje de mañana. Acaso te he dejado ver demasiado las flaquezas que abriga este anciano corazón; pero el Señor también estuvo triste hasta la muerte, y dijo: «Padre, si puede ser, pase de mi este cáliz». Por lo demás, no en vano soy el maestre y padre del Temple en Castilla, y en la hora de la prueba, nada en el mundo debilitará mi ánimo.
Don Álvaro acompañó a su tío hasta su aposento, y después de haberle besado la mano, se encaminó al suyo, donde al cabo de mucho desasosiego se rindió al sueño, postrado con las extrañas escenas y sensaciones de aquel día.