—El primero quiere ser—contestó Andrade—; pero, Dios mediante, entraremos juntos.

—Al cabo—dijo otro—yo no sé bien por dónde hemos de subir todavía.

Andrade se lo explicó claramente, mientras que Millán, sin atreverse a respirar, estaba hecho todo oídos.

—¿Y es mañana?—preguntó uno.

—No; mañana nos acercamos todos al castillo por donde la otra vez, con todos los pertrechos y avíos como si fuéramos a poner cerco de veras, y pasado mañana, mientras del lado de acá levantan gran grita y alharaca, en guisa de asaltar las murallas, nosotros nos colamos por el lado de allá como zorros en un gallinero. Como vosotros sois los destinados a la empresa, lo mismo será que lo sepáis un poco antes o después, pero cuenta con el pico.

Todos se pusieron el dedo en los labios, haciendo gestos muy expresivos, y en seguida comenzaron a cenar sendos tasajos de cecina, acompañados de numerosos tragos. Millán entonces, dando gracias al cielo por el descubrimiento que acababa de hacer, salió apresuradamente de su escondite, y se volvió a Cornatel con su compañero. Al salir de la mina, echó una ojeada hacia las hondonadas de aquellos extraños valles, y advirtió muchas gentes que iban y venían, unos con hachones de paja encendidos y otros cargados con diferentes bultos. Veíanse también cruzar en una misma dirección muchas acémilas, y en todo el real se notaba gran movimiento, con lo cual acabó de persuadirse el buen Millán de la exactitud de las noticias que por tan raro modo había recibido. Volvióse, pues, al castillo con gran priesa, y en cuanto entró se fué a ver a su amo y a contarle muy menudamente cuanto sabía. Hizo don Álvaro un movimiento tal de alegría al escucharle y de tal manera se barrió repentinamente de su semblante la nube de disgusto que casi siempre lo empañaba, que el escudero no pudo menos de maravillarse. Cogióle entonces del brazo, y mirándole de hito en hito, le dijo:

—Millán, ¿quieres hacer lo que yo te mande?

—¿Eso dudáis, señor?—respondió el escudero—; ¿pues a mí qué me toca sino obedecer?

—Pues entonces, no digas nada al comendador sino del ataque manifiesto.

—Pero ¿y si nos entran como intentan?