—Tú y yo solos bastamos para escarmentarlos; ¿no quieres acompañarme?

—Con el alma y la vida—contestó el ufano escudero—, y ojalá que mi brazo fuese el de Bernardo del Carpio en Roncesvalles.

—Tal como es—le contestó don Álvaro sonriéndose—nos será de mucho provecho. Anda y despierta al comendador, y dile todo menos el ataque del torreón.

—¡Ah, conque él mismo viene a caer bajo mi espada!—dijo hablando entre sí, no bien salió Millán—. ¡Cielos divinos! ¡dejadle llegar sano y salvo hasta mí! Dadle, si es menester, las alas del águila y la ligereza del gamo.

A la mañana siguiente volvieron los enemigos a ocupar sus antiguas posiciones, y comenzaron los trabajos de sitio que con tanta sangre habían regado, no hacía mucho tiempo. En esto pasaron todo el día con grande indiferencia de los templarios, que veían todavía lejano el momento decisivo. Al otro día, sin embargo, muy temprano comenzó a sentirse grande agitación en el campo sitiador, y a oirse el tañido de gaitas, trompetas y tamboriles. En todo el Bierzo son las nieblas bastante frecuentes por la proximidad de las montañas y la abundancia de los ríos; y la que aquel día envolvía los precipicios y laderas de Cornatel era densísima. Así, pues, hasta que los sitiadores se acercaron a los adarves no pudo distinguir Saldaña el buen orden con que venían adelantándose contra el castillo y que no dejó de inspirarle algunos temores. La misma nube de tiradores que en el anterior asalto poblaba el aire de flechas; pero, al mismo tiempo, buen número de soldados mejor armados, con una especie de muralla portátil de tablones, revestida de cueros mojados para evitar el fuego de la vez pasada, avanzaba lentamente hacia el foso. Detrás de aquel ingenioso resguardo venían, amén de los que lo conducían, otra porción de soldados con azadones y palas; y por encima de él se veían asomar las extremidades de una porción de escalas cargadas en hombros de otros. Saldaña comprendió al punto cuál podía ser el intento de los enemigos, que, sin duda, al abrigo de aquella máquina imaginaban cegar el foso, y aplicando las escalas en seguida por varias partes a un tiempo, y prevaliéndose de su número, dar tantas embestidas a la vez, que, dividiendo las fuerzas de los sitiados, hiciesen imposible una defensa simultánea y vigorosa. Contra una acometida imaginada con tanta habilidad, sólo un recurso ocurrió al anciano comendador: una salida repentina y terrible, que pudiese desconcertar a los sitiadores.

—¿Dónde está don Álvaro?—preguntó mirando en derredor suyo.

—En la barbacana me parece haberle visto entrar—respondió el caballero Carvajal.

—Pues entonces id y decidle que tenga toda la gente a punto para salir contra el enemigo, y que la señal se le dará como la otra vez, con la campana del castillo.

Carvajal salió a dar las órdenes del comendador; pero, como pueden suponer nuestros lectores, don Álvaro no estaba allí, sino como un águila encaramada en un risco, acechando la llegada de los enemigos, y muy especialmente la del conde.

La extraña configuración del terreno a que desde luego tuvo que sujetarse la fortificación imposibilitada de dominarla, prolonga extraordinariamente el castillo de ocaso a naciente. La niebla, que tanto favorecía los pensamientos y propósitos del de Lemus, encubriendo su peligroso asalto, no favorecía menos a don Álvaro, que en aquel ángulo tan apartado desaparecía bajo su velo de las miradas de los suyos. El torreón, edificado en un peñasco saliente, forma una especie de rombo de pocos pies cuadrados y comunica con el resto de la fortaleza por una estrecha garganta flanqueada por dos terribles despeñaderos. En este tan reducido espacio, sin embargo, iba a decidirse la suerte de dos personas igualmente ilustres por su prosapia, sus riquezas y su valor; pero de todo punto diferentes, a más no poder, por prendas morales y sentimientos caballerescos.