Aunque lo opaco de la niebla robaba a don Álvaro y a su fiel escudero de la vista de sus enemigos, con todo, para mejor asegurar el golpe, ambos se tendieron en el suelo a raíz de las almenas. Reinaba gran calma en la atmósfera, y los pesados vapores que la llenaban, transmitían fielmente todos los sonidos; de modo que Millán y su amo iban oyendo el ruido de los ganchos de hierro que los enemigos más delanteros iban fijando en las peñas para facilitar la subida de los demás con cuerdas, y las instrucciones que a media voz, y con recato, les iban dando a medida que trepaban. La voz sonora de Andrade, por mucho cuidado que en apagarla ponía, sobresalía entre todas, y como era el que abría aquella marcha singular y atrevida, por ella calculaba don Álvaro la distancia que todavía les separaba de los enemigos. Por fin, la voz se oyó muy cerca, y como en seguida calló y no se percibió más ruido que uno como de gente que, después de subir trabajosamente, llega a un terreno en que puede ponerse en pie; el señor de Bembibre conjeturó, fundadamente, que el conde y Cosme Andrade, con sus montañeses, estaban ya en la pequeña explanada que forma la peña misma de la muralla, poco elevada en aquel sitio. El momento decisivo había llegado ya.
Al cabo de breves minutos dos ganchos de hierro, atados en el extremo de una escala de cuerda cada uno, cayeron dentro de la plataforma en que estaba don Álvaro y se agarraron fuertemente a las almenas.
—¿Estás seguro?—preguntó desde abajo una voz que hizo estremecer a don Álvaro.
—Seguro, como si fuera la escalera principal de vuestro castillo de Monforte—replicó Andrade—; bien podéis subir sin cuidado.
No bien habían dejado de oirse estas palabras, cuando aparecieron sobre las almenas de un lado el determinado Andrade, y por otro, el conde. Millán, entonces, se levantó del suelo con un rápido salto, y dando un empellón al descuidado montañés, le derribó de las murallas.
—¡Virgen santísima, valme!—dijo el infeliz cayendo por aquel tremendo derrumbadero, mientras los suyos acompañaban su caída con un grito de horror—. Millán, bien prevenido de antemano, desenganchó las cuerdas y las recogió en un abrir y cerrar de ojos. El conde, temeroso de sufrir la misma suerte que Andrade, se apresuró a saltar dentro del torreón, y Millán, entonces, recogió su escala del mismo modo y con igual presteza. En seguida comenzó a tirar a plomo sobre los montañeses, poseídos de terror con la caída de su jefe, enormes piedras de que no podían defenderse apiñados en aquel reducido espacio y a raíz misma del muro, visto lo cual, todos tomaron la fuga dando espantosos alaridos y despeñándose algunos con la precipitación.
Quedáronse, por lo tanto, solos aquellos dos hombres, poseídos de un resentimiento mortal y recíproco. Por uno de aquellos accidentes atmosféricos frecuentes en los terrenos montañosos, una ráfaga terrible de viento que se desgajó de las rocas negruzcas de Ferradillo comenzó a barrer aceleradamente la niebla, y algunos rayos pálidos del sol empezaron a iluminar la explanada del torreón. Como don Álvaro y su escudero tenían cubiertos los rostros con las viseras, el conde les miraba atentamente, como queriendo descubrir sus facciones.
—Soy yo, conde de Lemus—le dijo don Álvaro sosegadamente descubriéndose.
La ira y el despecho de verse así cogido en su propio lazo, colorearon vivamente el semblante del conde, que mirando al señor de Bembibre con ojos encendidos, le respondió:
—El corazón me lo decía, y me alegro de que no se desmienta su voz. Sois dos contra mí solo, y probablemente otros acudirán a vuestra señal: la hazaña es digna de vos.