—¿Nunca acabaréis de medir la distancia que separa la ruindad de la hidalguía?—le contestó don Álvaro con una sonrisa en que el desdén y desprecio eran tales que rayaban en compasión—. Millán, vuélvete allá dentro.

El escudero comenzó a mirar al conde fieramente, y no mostraba gran priesa por obedecer.

—¡Cómo así, villano!—le dijo don Álvaro encendido en cólera—; parte de aquí al punto y cuenta que te arrancaré la lengua si una sola palabra se te escapa.

El pobre Millán, aunque muy mohino y volviendo la cabeza hacia atrás, no tuvo más remedio que apartarse de allí. Este nuevo alarde de generosidad, que tanto humillaba al conde, sólo sirvió para escandecer más y más su altanería y soberbia. Sobrado claro veía que su vida había estado a merced de su caballeroso enemigo al poner el pie en aquel recinto fatal, y por de pronto en bizarría y nobleza ya estaba vencido. Corrido, pues, tanto como sañudo, dijo a don Álvaro desenvainando la espada:

—Tiempo es ya de que ventilemos nuestra querella, que sólo con la muerte de uno de los dos podrá acallarse.

—No diréis que os he estorbado el paso—contestó él—; ahora que no soy sino soldado del Temple y he renunciado a mis derechos de señor independiente, no me abochorna igualarme con vos en esta singular batalla.

El de Lemus, sin aguardar a más y rugiendo como un león, arremetió a don Álvaro, que le recibió con aquella serenidad y reposado valor que viene de un corazón hidalgo y de una conciencia satisfecha. Estaba el conde armado a la ligera, como convenía a la expedición que acababa de emprender, pero esto mismo le daba sobre su contrario la ventaja de la prontitud y rapidez en los movimientos; don Álvaro, armado de punta en blanco, no podía acosarle con el ahinco necesario, pero como el campo era tan estrecho, poco tardó en alcanzarle al conde un tajo en la cabeza, del cual no pudo defenderle el delgado aunque fino capacete de acero que la cubría, y que de consiguiente dió con él en tierra. Don Álvaro se arrojó sobre él al punto, y le dirigió la espada a la garganta.

—¡Ah, traidor!—dijo el conde con la voz ahogada por la rabia—, peleas mejorado en las armas y por eso me vences.

Don Álvaro apartó al punto su espada, y desenlazando el yelmo, y arrojando el escudo, le dijo: