—Razón tenéis: ahora estamos iguales.

El conde, más aturdido que herido, se levantó al punto, y de nuevo comenzó la batalla encarnizadamente.

Todo esto sucedía mientras el grueso de las fuerzas sitiadoras se acercaban al castillo en los términos que dijimos, y el comendador enviaba sus órdenes a don Álvaro con el caballero Carvajal. Poco tardó el caballero en volver diciendo que don Álvaro no había parecido por la barbacana. El comendador estaba notando con extrañeza la flojedad con que los enemigos continuaban en su bien comenzado ataque, cuando recibió esta inesperada respuesta.

—¿Dónde está, pues?—exclamó con ansiedad.

Entonces se presentó como un relámpago a su imaginación la idea de que la arremetida, conocidamente falsa, de los enemigos, podría tener relación con la impensada ausencia de su ahijado. La última ráfaga de viento arrebató en aquel instante los vapores que todavía quedaban hacia la parte oriental del castillo, y la plataforma quedó iluminada con los rayos resplandecientes y purísimos del sol. Apenas la divisó el cuerpo sitiador, cuando un grito de consternación se levantó de sus filas, porque en lugar de verla coronada con sus montañeses, sólo alcanzaron a ver a su caudillo en poder de los enemigos y peleando con uno de ellos. Al grito volvió el comendador la cabeza, y lo primero que hirió sus ojos fué el resplandor movible y continuo que despedían las armas heridas por el sol. Comprendió al punto lo que podía ser, y dijo en voz alta:

—Síganme doce caballeros, y los demás quédense en la muralla—y con una celeridad increíble en sus años, corrió al sitio del combate, acompañado de los doce.

—Don Álvaro—le gritó desde la estrecha garganta que separaba el torreón del castillo—, deteneos en nombre de la obediencia que me debéis.

El joven volvió la cabeza como un tigre a quien arrebatan su presa, pero sin embargo se detuvo.

—Don Álvaro—le dijo de nuevo Saldaña en cuanto llegó—, este asunto no es vuestro, sino de la Orden, y yo, que la represento aquí, lo tomo a mi cargo. Conde de Lemus, defendeos.

—Yo también soy templario—repuso don Álvaro, que apenas acertaba a reprimir la cólera—. Yo he comenzado esta batalla y yo la acabaré a despecho del mundo entero.