El comendador, conociendo que la cólera le sacaba de quicio, hizo una seña, echándose sobre él seis caballeros; le sujetaron y lo apartaron de allí en medio de sus esfuerzos, amenazas y denuestos.
—Por fin sois nuestro, mal caballero—dijo al conde—; veremos si ahora os valen vuestras cábalas y calumnias.
—Todavía no lo soy—respondió él desdeñosamente—. Cara os ha de costar mi vida, porque no quiero rendirme.
—De nada os serviría—replicó el comendador con torcido rostro—. Sin embargo, conmigo solo habéis de pelear, y si la victoria os corona, estos caballeros respetarán vuestra persona.
Algunos de ellos quisieron interrumpirle, pero el anciano los acalló al punto.
—Nada quiero de vosotros—replicó el conde con arrogancia—; mientras me dure el aliento no cesará mi brazo de moverse en vuestro daño. Sólo me duele pelear con un viejo cuitado.
—No hace mucho que huísteis de él—le dijo el comendador.
—Mentís—contestó el conde con una voz ronca y con ojos como ascuas, y sin más palabra comenzó de nuevo el combate.
Los sitiadores, llenos de ansiedad por la suerte del conde, se habían corrido por su derecha, y divididos del lugar de la pelea por el despeñadero, asistían como espectadores ociosos al desenlace de aquel terrible drama. Don Alonso, que en la ausencia de su yerno mandaba aquellas fuerzas encaramado sobre una roca, parecía tener pendiente el alma de un hilo.
Por grande que fuese el poder del brazo de Saldaña, como el conde le sobrepujaba en agilidad y soltura, apenas le alcanzaban sus golpes. Encontrando, sin embargo, una vez al anciano mal reparado, le tiró un furioso revés que, a no haberlo evitado rápidamente, hubiera dado fin al encuentro; pero así la espada del conde fué a dar en la muralla y allí saltó hecha pedazos, dejándole completamente desarmado. En tan apurado trance no le quedó más recurso que arrojarse al comendador antes de que se recobrase y trabar con él una lucha brazo a brazo para ver de arrojarlo al suelo y allí rematarle con su puñal. Este expediente, sin embargo, tenía más de desesperado que de otra cosa, porque el viejo era mucho más robusto y fornido. Así fué que, sin desconcertarse por la súbita acometida, aferró al conde de tal modo que casi le quitó el aliento, y alzándole en seguida entre sus brazos dió con él en tierra tan tremendo golpe, que tropezando la cabeza en una piedra perdió totalmente el sentido. Asióle entonces por el cinto el inexorable viejo y, subiéndose sobre una almena y levantando su voz que parecía el eco de un torrente en medio del terrífico silencio que reinaba, dijo a los sitiadores: