—¡Ahí tenéis a vuestro noble y honrado señor!
Y diciendo esto, lo lanzó como pudiera un pequeño canto en el abismo que debajo de sus pies se extendía. El desgraciado se detuvo un poco en su caída, porque su ropilla se prendió momentáneamente en un matorral de encina; pero doblado éste, continuó rodando cada vez con más celeridad, hasta que por fin, ensangrentado, horriblemente mutilado y casi sin figura humana, fué a parar en el riachuelo del fondo.
Un alarido espantoso se levantó entre sus vasallos, helados de terror a vista de tan trágico suceso. Todos siguieron con los cabellos erizados y desencajados los ojos el cuerpo de su señor en sus horribles tumbos, hasta que lo vieron parar en lo más profundo del derrumbadero. Entonces, los que más obligados tenía con sus beneficios y larguezas, rompieron unos en lamentos, y otros, profiriendo imprecaciones y amenazas, quisieron ir contra el castillo y embestirlo a viva fuerza. Don Alonso, que a despecho de todas sus quejas y sinsabores, había visto con grandísimo dolor el fin de aquel poderoso de la tierra, no por eso olvidó sus deberes de capitán. Recogiendo, pues, su gente con buen orden y levantando el sitio con todos sus aprestos bélicos, volvió al campo atrincherado de las Médulas resuelto a entablar medios puramente pacíficos y templados con aquellos guerreros altivos y valerosos, que no se hubieran avenido en tiempo alguno a las injustas pretensiones del conde. Por violenta que le pareciese la conducta del comendador, no dejaba de conocer los atroces agravios que la Orden había sufrido del difunto y los ruines medios de que había echado mano para dañarla y socavar su crédito. Así, pues, envió un mensaje al comendador, comedido y caballeroso, manifestándole su deseo de que amigablemente se arreglasen aquellas lastimosas diferencias, y al punto recibió una respuesta cortés y cordial en que Saldaña le encarecía el gran consuelo que era para ellos tenerle por mediador en la desgracia que les amenazaba. Concluía rogándole que pasase a habitar el castillo, donde sería recibido con todo el respeto debido a sus años, carácter y nobleza.
Comenzados los tratos que podían dar una solución honrosa a tan inútil contienda, don Alonso envió los restos mortales de su yerno al panteón de sus mayores en Galicia. Los cabreireses que habían bajado de su peligrosa expedición, recogieron su cadáver a la orilla del riachuelo, y en unas andas hechas de ramas le subieron con gran llanto al real. Desde allí se volvieron a Cabrera con el valiente Cosme Andrade, que no había muerto, como presumirán nuestros lectores, de su caída, porque unas matas protectoras le tuvieron colgado sobre el abismo, de donde a sus gritos le echaron unas cuerdas los del castillo, con las que se ató y pudieron subirle. Así y todo, no salió sin señales, porque se rompió un brazo y sacó bastantes contusiones y araños. Hecha, pues, la primer cura, se partió con los suyos más agradecido que nunca de los templarios y deseoso de probárselo en la primera ocasión.
El pecho del buen cabreirés era terreno excelente para quien quisiera sembrar en él beneficios y finezas.
Por lo que hace al conde, poco tardó también en partir su cadáver depositado en un ataúd cubierto con paños de tartarí negro con franjas de oro. Sus deudos y vasallos le acompañaban con las picas vueltas y los pendoncillos arrastrando. Así atravesaron parte de sus Estados, donde, lejos de ser sentida su muerte, sólo el temor detenía la alegría que generalmente se asomaba a los semblantes.
Tal fué el fin de aquel hombre notable por su ingenio, su valor y su grandeza; pero que, por desgracia, convirtió todos estos dones en daño de su fama, y sólo usó su poder para hacerle aborrecible, contrariando así su más noble y natural destino.