El estruendo y trances diversos de esta guerra han apartado de nuestros ojos una persona, en cuya suerte tomarán nuestros lectores tal vez el mismo interés que entonces inspiraba a cuantos la conocían. Claro está que hablamos de doña Beatriz, a quien dejamos a la sombra del claustro de Villabuena, sola con sus pesares y dolores, porque la compañía de su fiel Martina poco podía contribuir a sanar un corazón tan profundamente ulcerado. Los gérmenes de una enfermedad larga y temible habían comenzado, según dejamos dicho, a desenvolverse fuerte y rápidamente en aquel cuerpo, que, si bien hermoso y robusto, mal podía sufrir los continuos embates de las pasiones que como otras tantas ráfagas tempestuosas en el mar, sin cesar azotaban aquel espíritu a quien servía de morada. Las últimas amarguísimas escenas que habían precedido su segunda entrada en aquel puerto sosegado, habían rasgado el velo con que la religión por un lado y por el otro el contento de su padre y la noble satisfacción que siempre resulta de un sacrificio, habían encubierto a sus ojos el desolado y yermo campo de la realidad. Llorar a don Álvaro y prepararse por medio del dolor y de la virtud a las místicas bodas que sin duda le disponía en la celestial morada, llevaba consigo aquella especie de melancólico placer que siempre dejan en el alma las creencias de otro mundo mejor, más cercano a la fuente de la justicia y bondad divina; pero recobrarle sólo para perderle tan horriblemente, y verle caminar a orillas del abismo que amenazaba tragar a la orden del Temple, sin más báculo y apoyo que su lanza ya cascada, era un manantial continuo de zozobras, dudas y vaivenes. Por otra parte, ¡cuánta humillación no encontraba su alma generosa y elevada en pertenecer a un hombre en quien las cualidades y prendas del carácter sólo servían para poner más de manifiesto su degradación lastimosa! Hasta entonces la máscara de la cortesanía había bastado a cubrir aquella sima de corrupción y bajeza, y como doña Beatriz no podía dar amor, tampoco lo pedía; de manera que la natural delicadeza de su alma ninguna herida recibía; pero deshecho el encanto y apartados los disfraces, la ignominia que sobre ella derramaba la ruindad de su esposo, se convirtió en un torcedor fiero y penoso que alteraba sus naturales sentimientos de honor y rectitud, y echaba una fea mancha en el escudo hasta allí limpio y resplandeciente de su casa. Desdicha tremenda que no aciertan a sobrellevar las almas bien nacidas, y que uno de nuestros antiguos poetas expresó con imponderable felicidad cuando dijo:
¡Oh honor! fiero basilisco,
Que si a ti mismo te miras,
¡Te das la muerte a ti mismo!
Por tan raros modos el soplo del infortunio había disipado en el cielo de sus pensamientos los postreros y tornasolados celajes que en él quedaban después de puesto el sol de su ventura, y para colmo de tristeza todos los sitios que recorrían sus ojos estaban llenos de recuerdos mejores y poblados de voces que continuamente traían a sus oídos palabras desnudas ya de sentido, como está desnudo de lozanía el árbol que ha tendido en el suelo el hacha del leñador. De esta suerte perdida su alma y errante por el vacío inconmensurable del mundo, levantaba su vuelo con más ansia hacia las celestes regiones, pero tantos combates y tan incesante anhelo acababan con las pocas fuerzas que quedaban en aquella lastimada señora. El aire puro y oloroso de la primavera tal vez hubiera reanimado aquel pecho que comenzaba a oprimirse, y devuelto a su cuerpo algo de su perdida lozanía; pero el invierno reinaba desapiadadamente en aquellos campos yertos y desnudos, y el sol mismo escaseaba sus vivificantes resplandores. Desde las ventanas y celosías del monasterio, veía correr el Cúa turbio y atropellado, arrastrando en su creciente troncos de árboles y sinnúmero de plantas silvestres; los viñedos plantados al pie de la colina donde todavía se divisaban las ruinas de la romana Bergidum, despojados de sus verdes pámpanos, dejaban descubierta del todo la tierra rojiza y ensangrentada que los alimenta, y en las montañas lejanas una triste corona de vapores y nublados oscilaba en giros vagos y caprichosos al son del viento, cruzando unas veces rápidamente la atmósfera en masas apiñadas y descargando recios aguaceros, y entreabriéndose otras a los rayos del sol para envolverle prontamente en su pálida y húmeda mortaja. No faltaban accidentes pintorescos en aquel cuadro, pero todos participaban abundantemente de la tristeza de la estación, del mismo modo que los pensamientos de doña Beatriz, bien que varios en sus formas, todos tenían el mismo fondo de pesar.
Como frecuentemente acontece, en el estado a que la habían conducido la profunda agitación de espíritu unida a la debilidad de su cuerpo, al paso que ésta iba poco a poco aumentándose, cada día iba también en aumento la exaltación de su espíritu.
El arpa en sus manos tenía vibraciones y armonías inefables, y las religiosas que muchas veces la oían, se deshacían en lágrimas de que no acertaban a darse cuenta. Su voz había adquirido un metal profundo y lleno de sentimiento, y en sus canciones parecía que las palabras adquirían nueva significación, como si viniesen de una región misteriosa y desconocida, y saliesen de los labios de seres de distinta naturaleza. A veces tomaba la pluma y de ella fluía un raudal de poesía apasionada y dolorida, pero benéfica y suave como su carácter, ora en versos llenos de candor y de gracia, ora en trozos de prosa armoniosa también y delicada. Todos estos destellos de su fantasía, todos estos ayes de su corazón, los recogía en una especie de libro de memoria, forrado de seda verde, que cuidadosamente guardaba, sin duda porque algún rasgo de amargura vecino a la desesperación se había deslizado alguna vez entre aquellas páginas llenas de angélica resignación. A vueltas de sus propios pensamientos había pasajes y versículos de la Sagrada Escritura, que desde que volvió al monasterio, era su libro más apreciado y que de continuo leía; y aquellas memorias suyas comenzaban con un versículo en que hasta allí parecía encerrarse su vida, y que tal vez era una profecía para lo venidero: Vigilavi et factus sum sicut passer solitarius in tecto.
Tal era el estado de doña Beatriz cuando una mañana le pasaron recado de que el abad de Carracedo deseaba verla. Desde su aciago desposorio no había aparecido en Arganza, y luego sus mediaciones pacíficas, y más tarde los preparativos que como señor de vasallos había tenido que hacer, bien a pesar suyo, le habían traído algún tiempo fuera de la tierra y constantemente apartado de los ojos de doña Beatriz. Duraba el sitio de Cornatel y ya la derrota primera del conde de Lemus, la gloriosa defensa de los templarios y las proezas de don Álvaro, habían llegado a aquel pacífico asilo. Unos y otros, sin embargo, llevaban adelante su empeño con vigor y no era la menor de las zozobras de doña Beatriz ver comprometidas en semejante demanda personas que tan de cerca le tocaban.
—¡Válgame Dios! ¿qué será?—dijo para sí, después que salieron a avisar al religioso—. ¡Cuánto hace que no veo a este santo hombre, que tal vez sólo a mí ha dañado en el mundo con su virtud! ¡Cómo se han mudado los tiempos desde entonces! ¡Dios me dé fuerzas para resistir su vista sin turbarme!