Razón tenía doña Beatriz para recelar que con esta entrevista se renovasen todas sus memorias; pero, sin embargo, al ver abrirse la puerta y aparecer el anciano, se disipó su turbación; y con su señorío acostumbrado, le salió al encuentro para besarle la mano. No fué tan dueño de sí el abad; pero la sorpresa de ver tanta hermosura y lozanía reducida a tal estado, pudo tanto en él que, sin poderlo remediar, dió dos pasos atrás asombrado como si la sombra de la heredera de Arganza fuese la que delante tenía.

—¿Sois vos, doña Beatriz?—exclamó con el acento de la sorpresa.

—¡Tan mudada estoy!—respondió ella, con melancólica sonrisa y besándole la mano—. No os maraville, pues ya sabéis que el hombre es un compendio de miserias que nace y muere como la flor, y nunca persevera en el mismo estado. Pero decidme—añadió, clavando en él su mirada intensa y brillante—, ¿qué noticias traéis de Cornatel? ¿Qué es de mi noble padre y de... del conde, quise decir?

—Vuestro padre disfruta salud—respondió el abad—; pero vuestro noble esposo ha muerto ayer.

—¿Ha muerto?—contestó doña Beatriz, asombrada—; pero, decidme, ¿ha muerto en los brazos de la religión y reconciliado con el cielo?

—Ha muerto como había vivido—exclamó el abad sin poder enfrenar su natural adustez, lleno de cólera y rencor, y apartado de toda idea de caridad y de templanza.

—¡Oh, desgraciado, infeliz de él!—exclamó doña Beatriz, juntando las manos y con doloroso acento—; ¿y cuál habrá sido su acogida en el tribunal de la justicia eterna?

Al escuchar el tono de verdadera aflicción con que fueron pronunciadas estas palabras, el abad no fué dueño de su sorpresa. El conde había traído males sin cuento sobre aquella bondadosa criatura; su porvenir se había disipado como un humo en manos de aquel hombre; sus negras tramas habían robado la libertad y hasta la esperanza de la dicha al desventurado don Álvaro, y, sin embargo, a la idea de su infortunio perdurable su corazón se estremecía. Doña Beatriz no le amaba, porque no cabía en su altivez poner su afecto en quien así se olvidaba de sí propio y de su nacimiento, ni menos renunciar a la única ilusión que de tiempos mejores le quedaba, bien que enlutada y marchita; pero los ímpetus del resentimiento y del odio no podían avenirse largo tiempo con la irresistible propensión a perdonar que dormía en el fondo de su pecho; y delante de las tinieblas de la eternidad, que más de una vez se habían ofrecido a sus ojos, bien conocía la pequeñez de las pasiones humanas.

—Hija mía—respondió el abad, conmovido a vista de tan noble desprendimiento y tomándole la mano—, ¿cómo desconfiáis así de la misericordia de Dios? Sus crímenes eran grandes, y la paz y la justicia han huído siempre al ruido de sus pasos; pero su juez está en el cielo, y a su clemencia sin límites nada hay vedado. Pensad que el buen ladrón se convirtió en la hora postrimera y que la fe es la más santa de las virtudes.

—¡Válgale, pues, esa adorable clemencia!—contestó doña Beatriz, sosegándose—, y el Señor le perdone.