—Don Álvaro—le dijo de nuevo el anciano, ¿creéis que doña Beatriz pudiera dar su mano a quien estuviese manchado con la sangre de quien al cabo era su esposo?

—Tal vez no—contestó don Álvaro, en quien aquel nombre había producido un estremecimiento involuntario.

—Pues ahí tenéis el servicio que me debéis. A un mismo tiempo he vengado a mi Orden y os he acercado a doña Beatriz.

—¿Qué estáis ahí diciendo?—repuso don Álvaro cada vez más confuso y aturdido—; ¿qué puede haber de común entre doña Beatriz y yo, si no es la igualdad de la desventura?

—Dentro de poco, probablemente, recobraréis vuestra libertad, y entonces...

—¿Cómo echáis en el olvido que mis votos sólo se rompen con la muerte?—le replicó el joven amargamente.

—Ni vos pudísteis pronunciarlos, ni nosotros recibirlos. Nuestra Orden estaba ya emplazada delante del concilio, y cuando en él comparezcamos yo me acusaré de que el maestre, vuestro tío, sólo os recibió por nuestra violencia.

—Pero yo diré lo que mi corazón sentía, y que por mi parte fueron y son de todas veras sinceros. Mi suerte, además, será la vuestra, porque nuestro crimen es el mismo. Pero, decidme—añadió olvidando su resentimiento y acercándose al comendador con interés—, ¿cómo vamos a presentarnos al concilio?

—Como reos, y a la merced de nuestros enemigos—respondió Saldaña procurando reprimir algunas lágrimas de coraje que se asomaban a sus ojos—. La Europa entera se levanta contra nosotros, y Dios nos ha dejado en medio del mar, que atravesábamos a pie enjuto, como al ejército de Faraón. De hoy más, Jerusalén—continuó volviéndose al oriente con las manos extendidas y soltando la rienda al llanto y a los sollozos—, de hoy más, compra tu pan y granjéate tu agua con dinero, como en los tiempos del profeta, porque el Señor ha tendido sus redes y no aparta su mano de tu perdición. Todos tus amados te han desamparado, y la esterilidad y la viudez vendrán juntas sobre ti.

Entonces, y después de dar vado a su intenso dolor, contó a don Álvaro el desaliento que cundía entre los templarios de Aragón y de Castilla, que ya habían entregado algunas de sus fortalezas, y, finalmente, el desamparo y aislamiento total a que la calumnia y codicia por un lado, y la superstición por otro, les habían reducido. Últimamente le mostró una carta que había recibido de don Rodrigo, poco antes de la embestida en que acabó tan miserablemente el conde de Lemus, en que le mandaba tan funestas nuevas, insistiendo en la necesidad de dar pronto término a tan aciaga lucha, sin menoscabo del honor en todo caso. Advertíale asimismo de lo conveniente que sería a su fama acudir prontamente al concilio de Salamanca, sobre todo después que algunos de los obispos que debían componerle le habían asegurado por escrito, contestando a sus cartas, que en aquel importante juicio entraban limpios de toda prevención y ojeriza, y que jamás consentirían en que se atropellasen sus fueros de caballeros y miembros de la iglesia. El comendador no había querido dar a conocer estas cartas a ninguno de los suyos, porque la enemiga del de Lemus cerraba la puerta a todo trato honroso, y por otra parte semejantes nuevas podían enfriar una resolución que de ningún modo sobraba delante de contrario tan sañudo. Apartado, por fin, este obstáculo, y entabladas las negociaciones bajo distinto pie por el señor de Arganza, manifestó a don Álvaro que pronto asentarían sus capitulaciones y pondrían la fortaleza de Cornatel, y aun la de Ponferrada quizá, en poder de don Alonso.