—Hijo mío—le dijo por último—, la venda ha caído de mis ojos, y mis sueños de gloria y de conquista se han desvanecido, porque el Balza no volverá a desafiar al viento en nuestras torres. Comoquiera, tú eres joven y la felicidad aún puede mostrarte su rostro en los albores de tu primavera. El único obstáculo invencible que había lo he quebrantado yo en pedazos contra las rocas y precipicios de este castillo. Por lo que hace a mí, si Dios conserva, a pesar de tan fieros golpes, esta vida tan cascada, no residiré ya más en esta Europa ruin y cobarde, que así abandona el sepulcro del Salvador, y sólo guerrea contra los que han dado su vida y su sangre por él. ¿Todavía me guardas ahora rencor por lo pasado?—preguntó a don Álvaro asiéndole de la mano y trayéndole hacia sí.

—¡Oh, noble Saldaña!—exclamó el joven precipitándose en sus brazos y estrechándole fuertemente—. ¿Qué habéis encontrado en mí para tanta bondad y cariño como me prodigáis a manos llenas? ¿Quién puede tachar de seco vuestro noble corazón?

—Así es la verdad, don Álvaro—contestó el anciano—y con eso no me ultrajan. Mis pensamientos me han servido como las alas al águila para levantarme de la morada de los hombres; pero, como ella, he tenido que vivir en las quiebras de los peñascos donde silban los vientos. ¿Que por qué te he querido? Porque sólo tú eras digno de morar conmigo en el altura, como mi polluelo, para mirar al sol y acechar el llano. Ahora la montaña se ha hundido, y cuando mis alas ya no me sostengan, iré a caer en un arenal apartado para morir en él. ¡Ojalá que entonces pueda verte posado con tu compañera a la orilla de una fuente en el valle florido, de donde sólo te ha apartado la iniquidad y la desdicha!

Con tan melancólicas palabras se acabó aquella conversación, que interrumpió la llegada del señor de Arganza. La entrevista con entrambos caballeros, testigos de la terrible escena del cercado de Arganza, no pudo menos de traer un sin fin de memorias tristes a don Alonso, que en la cortés acogida que hizo a don Álvaro, y en los grandes y delicados elogios que tributó a sus recientes hazañas, le dió claramente a entender cuán mudado estaba su espíritu y cuántos pesares le había acarreado su anterior conducta.

Las bases y condiciones de aquel tratado se ajustaron prontamente a gusto de los templarios, y a los pocos días desocuparon aquel castillo que con tanto valor habían guardado. Saldaña antes de salir indicó al señor de Arganza el mismo pensamiento que a don Álvaro, y por la alegre sorpresa con que fué recibido pudo conocer que sus deseos se cumplirían. Don Alonso acompañó a los templarios a Ponferrada, y para colmo de cortesía, el pendón de la Orden no dejó de ondear por mandato suyo en la torre de Cornatel, en tanto que sus moradores pudieran divisar al volverse aquellas enriscadas almenas que ya no volverían a defender.

En la hermosa bailía de Ponferrada se fueron juntando todos los templarios del país, dejando las fortalezas de Corullón, Valcarce y Bembibre en poder de las tropas del señor de Arganza y de algún tercio que había mandado el marqués de Astorga. Todos iban llegando silenciosos y sombríos, montados en sus soberbios caballos de guerra, y seguidos de sus pajes y esclavos africanos que traían otros palafrenes del diestro. El espectáculo de aquellos guerreros indomables y jurados enemigos de los infieles que entonces se rendían sin pelear y por sola la fuerza de las circunstancias, era tan doloroso que el abad de Carracedo y don Alonso, que lo presenciaban, apenas podían disimular sus lágrimas. El mismo tesón con que aquellos altivos soldados encubrían sus propios sentimientos, y la igualdad de ánimo que aparentaban, no hacían sino encapotar más y más aquel cuadro, de suyo lóbrego y negro.

Cualidad de las almas bien nacidas es trocar el odio en afición y respeto cuando llega la hora de la desgracia para sus enemigos, y esto cabalmente fué lo que sucedió con el abad y el señor de Arganza, que entonces renovaron los vínculos de antigua amistad con el maestre don Rodrigo. El monje determinó desde luego acompañarlos al solemne juicio que iba a abrirse en Salamanca, para dar personal testimonio de la virtud del maestre y de algunos caballeros, y especialmente para cumplir a doña Beatriz la palabra que le había empeñado de volverle la felicidad que en su juventud se había imaginado. Don Alonso, que no podía salir del país, cuya custodia le estaba encomendada por su rey, apuró todos los recursos de su hidalguía por hacer menos dura su suerte a aquellos desgraciados.

Por grande que fuese el deseo de los templarios de salir de aquel trance incierto y penoso a que se veían expuestos, los preparativos de su marcha y las formalidades necesarias para la entrega de sus bienes se llevaron algún tiempo. Una mañana, pues, que Saldaña se paseaba por los adarves que miran al Poniente y veía correr el Sil a sus pies con sordo murmullo, vino un aspirante a decirle que un montañés solicitaba hablarle. Mandóle al punto que lo condujese a su presencia, y a los pocos minutos se encontró delante a un conocido nuestro, que quitándose la gorra de pieles con tanto respeto como llaneza, le dijo:

—Dios os guarde, señor comendador. Acá estamos todos.

—¿Eres tú, Andrade?—respondió el comendador, sorprendido—. ¿Pues qué te trae por esta tierra?