—Yo os lo diré, señor, en dos palabras. El otro día vino mi primo Damián a Ponferrada a vender unas pellejas de corzo y de rebezo, y llevó allá una porción de noticias, diciendo que ya no teníais más castillo que éste, que os iban a llevar a Salamanca, y allí qué sé yo qué cosas dijo que iban a hacer con vosotros. En fin, ellas no son para contadas, ni importa un caracol que las sepáis. Pues señor, como iba diciendo, yo siempre me he echado la cuenta de mi padre, de que «el que no es agradecido no es bien nacido», y como allá en Cornatel me disteis la vida dos veces, y además aquel puñado de doblas, que en mi vida vi más juntas, vengo a deciros que, si el diablo lo enreda, os venís allá a mi casa, y Cristo con todos. Ello no estaréis muy bien, porque allá aun los ricos somos pobres; pero lo que es a buena voluntad, no nos gana ningún rey; y mi mujer, en cuanto se lo dije, se puso más contenta que unas castañuelas, y al punto comenzó a pensar en las gallinas, pichones y cabritos que estaban más gordos para regalaros con ellos. Conque ya lo sabéis, si os venís conmigo, lo que es allí no han de ir a buscaros. ¡Ah! se me olvidaba deciros que os llevaseis también al señor de Bembibre, porque sé que le queréis tanto como su tío, y bien me acuerdo de lo cortés que estuvo con nosotros en Cornatel.
El comendador, que no esperaba semejante visita, ni mucho menos que tuviese semejante objeto, cuando el universo entero abandonaba a los templarios, se vió tan dulcemente sorprendido que la emoción le atajó la palabra por un rato. Por fin, dominándola con su acostumbrada energía, se llegó al montañés, y apretándole la mano vivamente, le contestó:
—Andrade, lo que contigo hice lo mismo hubiera hecho con cualquiera; pero tú eres el primero que tales muestras de afición me da. Anda con Dios, buen Cosme, y que su bondad te prospere a ti y a los tuyos, como yo se lo pediré siempre. Ningún riesgo nos amenaza, porque ya sabes que son obispos los que nos van a juzgar, y en cuanto al rey y sus ricos hombres—añadió con amargura—, cuando se hayan hartado con nuestra abundancia, se cansarán de ladrar y de morder.
—No, pues lo que es con eso no me sosiego yo—repuso Andrade—; porque, según me dijo el cura el otro día, los jueces de Francia también eran sacerdotes, y así y todo...
—Nada hay que temer, buen Andrade; vuélvete a tu montaña y cree que me dejas muy obligado.
—Conque a lo que veo—insistió el montañés—, ¿estáis en ir a Salamanca y sufrir el juicio?
El comendador le hizo señal de que así era.
—Pues entonces, yo quiero ir allá para servir de testigo. Señor comendador, a la paz de Dios, que dentro de tres días o cuatro aquí estoy.
Y sin atender a las razones del anciano, tomó el camino de Cabrera, de donde volvió al tiempo señalado.
Llegó por fin la hora de que los templarios reunidos en Ponferrada abandonasen aquel último baluarte de su poder y grandeza. Por inevitable que sea la desgracia, la hora en que llega siempre es dolorosa, sin duda, porque con ella se rompe el último hilo de la esperanza invisible a los ojos, mas no por eso desprendido del corazón. Aquellos guerreros que sucesivamente habían dejado los demás castillos del país, mientras se vieron al abrigo de aquellas murallas todavía respiraban el aire de su grandeza; pero al desampararlas con la imaginación llena de funestos presentimientos, los ánimos más fuertes flaqueaban.