El día señalado muy de madrugada juntáronse en la anchurosa plaza de armas del castillo caballeros, aspirantes, pajes y esclavos.
Reinaba un silencio funeral y todos tendían los ojos por aquel hermoso paisaje, que aunque desnudo de hojas y azotado por el soplo del invierno, todavía parecía agraciado y pintoresco a causa de los variados términos de su perspectiva y la suave degradación de sus montañas. Por fin se presentó el maestre, y después de dichas las oraciones de la mañana, montaron a caballo y al son de una marcha guerrera comenzaron a moverse hacia el puente levadizo.
Antes de llegar a éste y encima del arco del rastrillo, existe todavía un gran escudo de armas, cuyos cuarteles están de todo punto carcomidos, menos la cruz, que se conserva entera y distinta, y las tres primeras palabras de un versículo de los salmos que todavía se leen. Estas eran las armas del Temple, que desde entonces iban a quedar sin dueño y abandonadas, por lo tanto sin honra, después de haber sido símbolo de tanta gloria y cifra de tanto poder.
Este pensamiento ocupaba, sin duda, la mente de don Rodrigo, que por su clase caminaba el delantero, pues al llegar al puente levadizo volvió de repente su caballo, y mirando al escudo al través de las lágrimas que empañaban sus cansados ojos, exclamó con una voz que parecía salir de un sepulcro y leyendo la sagrada inscripción: Nisi dominus custodierit civitatem, frustra vigilat qui custodit eam. Los caballeros volvieron igualmente sus ojos, y en medio del desamparo a que se veían reducidos, repitieron las palabras de su maestre, después de lo cual, espoleando sus corceles, salieron con gran priesa de aquella fortaleza adonde no debían volver.
Don Alonso los acompañó hasta que cruzaron el Boeza, y allí los dejó con el abad de Carracedo, que los seguía a Salamanca, llevado de su noble y santo propósito. El buen Andrade caminaba entre don Álvaro y el comendador, y de todos recibía infinitas muestras de cortesía y bondad, que no acertaba a explicarse, porque su rectitud natural y sencilla desnudaba de todo mérito aquella acción generosa y desinteresada. De esta suerte hicieron su viaje a Salamanca, donde ya estaban juntos los obispos, que bajo la presidencia del arzobispo de Santiago, componían aquel concilio provincial.
CAPÍTULO XXXI
Las muchas seguridades que doña Beatriz recibió del abad y de su buen padre, acerca de la suerte que aguardaba a los templarios españoles, no fueron poderosas a calmar los recelos y zozobras que se agolpaban en su ánimo: ¡tan hondas raíces había echado en su corazón el pesar, y tan negra tinta derramaba su imaginación aun sobre los objetos más risueños! Si había de juzgar de las disposiciones de los obispos por las que durante mucho tiempo había abrigado el prelado de Carracedo, no tenía a la verdad gran motivo para tranquilizarse, y por otra parte el embravecimiento de la opinión contra los templarios había llegado a tal punto, que todo podía temerse con razón. Añádase a esto que su enfermedad teñía habitualmente de un color opaco aun los más brillantes objetos, y fácil será de presumir los muchos y turbios celajes que empañaban aquel rápido vislumbre de felicidad que el abad le había mostrado. No desconocía, por otra parte, que don Álvaro era un objeto de enemistad especial para el infante don Juan, desde los sucesos de Tordehumos, y su discreción natural le daba a entender que en medio de la inquietud que inspiraban los templarios, aun después de su caída, no dejaría de haber dificultades para restituir su libertad, su poder y sus bienes a quien tan decidido apoyo les había prestado, hasta el punto de aceptar sus votos y compromisos.