Contra tan sólidas razones poco valían todos los argumentos de su padre y de su tía; de manera que la misma esperanza venía a ser para ella una luz sin cesar combatida por el viento, y que esparcía alrededor sombras y dudas antes que seguridad y resplandores. El incesante anhelar y zozobra que tan poderosamente habían contribuído a la ruina de su salud, continuaron por lo tanto minándola a gran priesa, y como en la postración de su cuerpo toda clase de emociones venían a ser por igual dañosas, cada día sus fuerzas se disminuían y se aumentaba el cuidado de los que andaban a su alrededor. Don Alonso, que achacaba a sus pesares y desvelos los estragos que se veían en su rostro, comenzó a inquietarse seriamente cuando llegó a advertir que aquella dolencia, derivada sin duda del alma en un principio, existía ya de por sí y como cosa aparte. Al cariño de padre, al aguijón del remordimiento, vinieron a mezclarse entonces los temores del caballero que temblaba por la suerte y el porvenir de su linaje, depositados en tan frágil vaso, cabalmente cuando el destino parecía que iba a convertir en bronce su vidrio delicado.
Posesionado ya de los castillos del Bierzo y sosegados todos los rumores de guerra, pensó en sacar a doña Beatriz del monasterio y en restituirse con ella a su casa de Arganza. Poco se alegró la joven con la resolución de su padre, porque mientras su suerte se fallaba, ningún lugar había más acomodado a la solemnidad religiosa de sus pensamientos y a la tranquilidad que tanto había menester su espíritu, que el retiro de Villabuena. Los recuerdos de la infancia y adolescencia, tan dulces de suyo al corazón, más de una vez se acibaran con las imágenes que los acompañan, y entonces su consuelo y blandura son más que dudosos. Así, doña Beatriz, que en los muros de la casa paterna había visto en brevísimo espacio de tiempo nacer y agostarse la flor de su ventura, desaparecer su madre, perderse su libertad y aparecer impensadamente un sol que juzgaba para siempre puesto, sólo para cegar sus ojos y dejar un rastro de desolada luz en su memoria, temblaba volver a aquel recinto, cuando tan enigmático se presentaba todavía lo futuro. Sin embargo, el atractivo que para su alma pura y piadosa tenían las cenizas de su madre, el deseo de acompañar a su anciano padre y la seguridad de que los objetos exteriores sólo podían atenuar muy levemente las ideas que como con un buril de fuego estaban impresas en su alma, le decidieron a abandonar por segunda vez aquella casa, de donde había salido antes para tantos pesares y sinsabores, y de la cual entonces se separaba sin más patrimonio que una lejana y débil esperanza; igualmente privada de salud y de alegría. Despidióse, pues, de su tía, y de las buenas religiosas sus amigas y compañeras, sin extremos ni sollozos, pero profundamente conmovida y echando miradas tan vagarosas a aquellos sitios como si hubiesen de ser las postreras. Aunque sus males y tristezas eran como una sombra para aquellas santas mujeres, su dulzura, su discreción, su bondad y hasta el particular atractivo de su figura, las aficionaban extraordinariamente a su trato y compañía: así fué que por su parte hicieron gran llanto en su partida.
Por fin salió acompañada de su Martina y de sus antiguos criados. ¿Dónde estaban los días en que sobre un ágil y revuelto palafrén corría los bosques de Arganza y Hervededo con un azor en el puño, acechando las garzas del aire, como una ninfa cazadora? Ahora, ni aun el sosegado y cómodo paso de su hacanea podía sufrir, y más de una vez hubo de pararse la cabalgada en el camino para reclinarla al pie de un árbol solitario, donde cobrase aliento. La agitación de la despedida la había debilitado en gran manera; así es que llegó a Arganza más desencajada que de ordinario y llena de fatiga. Las imágenes que aquellos sitios le presentaron, animadas con todo el ardor de la calentura, produjeron gran trastorno en su ánimo, y aguaron el contento de aquellos pacíficos aldeanos, para quienes su venida era como la visita de los ángeles para los patriarcas.
A la mañana siguiente quiso bajar a la capilla donde estaba enterrada doña Blanca, y por la tarde, apoyada en Martina y en su padre, que apenas se atrevía a contrariarla, se encaminó lentamente al nogal de la orilla del arroyo, debajo de cuyas ramas se despidió don Álvaro para siempre. Si sus lágrimas hubieran corrido en abundancia, sin duda se hubiera descargado de un gran peso; pero el deseo de esconderlas de su padre las cuajó en sus ojos, y el esfuerzo que hubo de hacer se convirtió, como era natural, en daño suyo. Aquella noche la lenta calentura que la consumía se avivó en tales términos, que entró en un delirio terrible en que sin cesar hablaba del conde, de su madre y de don Álvaro, quejándose dolorosamente de cuando en cuando. El señor de Arganza, desolado y fuera de sí, mandó inmediatamente por el anciano monje de Carracedo, que ya la había asistido en Villabuena, cuando su anterior enfermedad. El buen religioso vino al amanecer con toda diligencia y encontró ya a doña Beatriz casi de todo punto sosegada, porque en aquella complexión ya destruída no tenían gran duración los accesos del mal. Informóse, sin embargo, de todo lo sucedido, y como don Alonso descorriese a sus ojos hasta el último velo, le dijo:
—Noble don Alonso, fuerza será que vuestra hija no vea durante algún tiempo estos sitios que tan dolorosas memorias renuevan en ella. Trasladadla sin perder tiempo a la quinta que poseían los templarios sobre el lago de Carucedo, porque allí es el aire más templado y el país más plácido y halagüeño. Pronto vendrá la primavera con sus flores, y entonces se decidirá la suerte de doña Beatriz, que, de continuar aquí, no puede menos de ser desastrada.
—Pero, decidme—le preguntó con ansiedad el señor de Arganza—, ¿y vos me respondéis de su vida?
—Su vida—le contestó el religioso—está en las manos de Dios, que nos manda confiar y esperar en él. Sin embargo, vuestra hija es joven todavía, y por profunda raíz que haya echado el mal en ella, bien puede suceder que un suceso feliz y precursor de una época nueva la curase harto mejor que todos los humanos remedios. No nos descuidemos: de nuevo os lo encargo; aprovechad el respiro que va a darnos un calmante que tomará hoy, y lleváosla al punto.
Con efecto, el calmante proporcionó tan grande alivio a la enferma, que don Alonso, devorado de recelos y de inquietudes, después de acelerar todos los preparativos de viaje, partió a los dos días con su hija. Algo mejor preparada ésta y atenta más que a su quietud y bienestar propio, al sosiego de su padre, emprendió sin repugnancia su nueva peregrinación, despidiéndose de aquellos sitios, teatro de sus juegos infantiles, con un mal disimulado acento, en que no podía traslucirse la esperanza de volverlos a ver. Tal vez nadie mejor que ella podía juzgar de su estado, pues sólo a sus ojos era dado ver los estragos de su alma; pero ¿quién podía adivinar lo que el porvenir guardaba en los pliegues obscuros de su manto? Y, por otra parte, la imagen de don Álvaro, libre de sus votos, más rendido, más noble y más hermoso que nunca, era como un ave de buen agüero, cuyos cantos se quedan halagando el oído por rápido que sea su vuelo.
La comitiva cruzó el Sil por la misma barca de Villadepalos, que en otros tiempos más felices debió conducirla en brazos de su amante a un puerto de seguridad y de ventura. Fatalidad, y no pequeña, era encontrar por todas partes memorias tan aciagas; pero aquel reducido país había servido de campo a tantos sucesos que más o menos de cerca le tocaban, que bien podía decirse que sus pensamientos y recuerdos lo poblaban, y de dondequiera salían al encuentro de sus miradas.
Pasado el río hay una cuesta muy empinada desde la cual a un tiempo se divisan entrambas orillas del Sil, todo el llano que forma su cuenca, el convento de Carracedo con su gran mole blanca en medio de una fresquísima alfombra de prados, y los diversos términos y accidentes de las cordilleras que por dondequiera cierran y amojonan aquel país.