Comenzaba a desprenderse la vegetación de los grillos del invierno; el Sil, un poco crecido, pero cristalino y claro, corría majestuosamente entre los sotos todavía desnudos que adornaban sus márgenes: el cielo estaba surcado de nubes blanquecinas en forma de bandas, por entre las cuales se descubría un azul purísimo, y una porción de mirlos y jilgueros, revoloteando por entre los arbustos y matas, anunciaban con sus trinos y piadas la venida del buen tiempo.
Del otro lado descollaban las sierras de la Aguiana con sus crestas coronadas de nubes a la sazón y los agudos y encendidos picachos de las Médulas remataban su cadena con una gradación muy vistosa. Casi al pie se extendía el lago de Carucedo, rodeado de pueblos, cuyos tejados de pizarras azules vislumbraban al sol siempre que se descubría; y terminado por dos montes, de los cuales el que mira a Mediodía estaba cubierto de árboles, mientras el que da al Norte formaba extraño contraste por su desnudez y peladas rocas. Doña Beatriz se sentó a descansar un rato en el alto de la cuesta, y desde allí tendía la vista por entrambas perspectivas, levantando de vez en cuando sus ojos al cielo, como si le rogase que los recuerdos de amargura y las pruebas de su juventud quedasen a su espalda, como la tierra de Egipto detrás de su pueblo escogido, y a orillas de aquel lago apacible y sereno comenzase una nueva era de salud, de esperanza y de alegría que apenas se atrevía a fingir en su imaginación. Después de descansar un rato, subió la comitiva en sus caballos y se encaminó silenciosamente a la hermosa quinta en que doña Beatriz debía aguardar el fallo de su vida y de su suerte.
Era ésta un edificio con algunas fortificaciones a la usanza de la época, pero sobrado primoroso para fortaleza, porque todos los frágiles adornos y labores del gusto árabe se juntaban en sus afiligranadas puertas y ventanas y en los capiteles que coronaban sus almenas. Habíanla labrado los templarios en tiempos de su mayor esplendor; y para su asiento escogieron una colina poco elevada y de suavísimo declive que está debajo del pueblo de Lago y domina la líquida llanura en cuyos cristales moja sus pies. Forma el lago junto a ella un lindo seno, y allí se abrigaban algunos esquifes ligeros en que los caballeros acostumbraban a solazarse con la pesca de las anguilas, de que hay gran abundancia, y cazando con ballesta algunas de las infinitas aves acuáticas que surcan la resplandeciente superficie. Como las áridas cuestas del monte del Norte que los naturales apellidan de los Caballos hacían espaldas a la quinta, resultaba que de aquel paisaje agraciado y lleno de suavidad, únicamente se ocultaban los términos áridos y yermos. Lo restante era y es todavía un panorama de variedad y amenidad grandísima, que repelido por el espejo del lago figura a veces, cuando lo agita blandamente la brisa, un mar confuso de rocas, árboles, viñedos y colinas sin cesar divididos y juntados por una mano invisible. Tiene el lago más de una ensenada, y la que se prolonga entre Oriente y Norte perdida entre las sinuosidades de un valle, parece dilatar su extensión, y los juncos y espadañas que la pueblan sirven de abrigo a infinitas gallinetas de agua y lavancos de cuello tornasolado. No lejos de esta ensenada está el pueblo de Carracedo sentado en una fresca encañada y a su extremo una porción de encinas viejísimas y corpulentas, cuyas pendientes ramas se asemejan a las de los árboles del desmayo, sirven de límite a las aguas, mientras en la opuesta orilla occidental un soto de castaños enormes señala también su término a los caudales del lago.
Doña Beatriz, que tenía un alma abierta, por desgracia suya en demasía, a todas las emociones puras y nobles, no pudo menos de admirar la belleza del paisaje, cuando las laderas de los montes que descienden al lago y su hermosa tabla comenzaron a desplegarse a sus ojos desde las alturas de San Juan de Paluezas. A medida que se acercaba íbase descogiendo un nuevo pliegue del terreno, y ora un grupo de árboles, ora un arroyo que serpenteaba en alguna quiebra, ora una manada de cabras que parecían colgadas de una roca, a cada paso derramaban nuevas gracias sobre aquel cuadro. Cuando por fin llegó a la quinta y se asomó al mirador, desde el cual todos los contornos se registraban, subieron de punto a sus ojos todas aquellas bellezas.
El sol se ponía detrás de los montes dejando un vivo rastro de luz que se extendía por el lago y a un mismo tiempo iluminaba los diversos terrenos, esparciendo aquí sombras y allí claridades. Numerosos rebaños de ganado vacuno bajaban mugiendo a beber, moviendo sus esquilas, y otros hatos de ovejas y cabras y tal cual piara de yeguas con sus potros juguetones, venían también a templar su sed, triscando y botando, mezclando relinchos y balidos. Los lavancos y gallinetas, tan pronto en escuadrones ordenados, como desparramados y solitarios, nadaban por aquella reluciente llanura. Una pastora que en su saya clara y dengue encarnado mostraba ser joven y soltera y en sus movimientos gran soltura y garbo, conducía sus ovejas cantando una tonada sentida y armoniosa, y como si fuera un eco, de una barca que cruzaba silenciosa, costeando la orilla opuesta, salía una canción guerrera entonada por la voz robusta de un hombre, pero que, apagada por la distancia, perdía toda su dureza, no de otra suerte que si se uniese al coro armonioso, templado y suave que al declinar el sol se levantaba de aquellas riberas.
Por risueños puntos de vista que ofrezcan las orillas del Cúa y del Sil, fuerza es confesar que la calma, bonanza y plácido sosiego del lago de Carucedo no tiene igual tal vez en el antiguo reino de León. Doña Beatriz, casi arrobada en la contemplación de aquel hermoso y rutilante espejo guarnecido de su silvestre marco de peñascos, montañas, praderas y arbolados, parecía engolfada en sus pensamientos. Para un corazón poseído de amor como el suyo, la creación entera no parece sino el teatro de sus penas o su felicidad, de sus esperanzas o sus dudas, y esto cabalmente sucedía a aquella interesante y desgraciada señora. La imagen de don Álvaro era el centro adonde iban a parar todos los hilos misteriosos del sentimiento que en su alma despertaban aquellos lugares, y entretejiéndolos con los que de tiempos más dichosos quedaban todavía enmarañados en su memoria, formaba en su imaginación la tela inacabable de una vida dichosa, llena de correspondencia dulcísima y de aquel noble orgullo que en todos los pechos bien nacidos excita la posesión de un bien legítimamente adquirido. ¡Engañosas visiones que al menor soplo de la razón se despojaban de sus fantásticos atavíos y caían en polvo menudo en medio de las puntas y abrojos que erizaban el camino de doña Beatriz! Al cabo de una larga meditación, en la cual como otras tantas ráfagas luminosas había visto pasar todas aquellas representaciones doradas y suaves de un bien ya disipado, y de otro bien incierto, y apenas bosquejado, la desdichada exhaló un largo suspiro, y dijo:
—¡Dios no lo ha querido!
—Dios ha querido probarte y castigarme, ángel del cielo—contestó su padre abrazándola—; nuestras penas acabaron ya y los nuevos tiempos se acercan a más andar. Dios se apiadará de tu juventud y de estas canas vecinas ya al sepulcro, y no querrá borrar mi nombre de la haz de la tierra.
Doña Beatriz le besó la mano sin contestar, porque no se atrevía a entregarse a tan risueñas ideas, ni alcanzaba a acallar los presentimientos que de tiempos atrás habían llegado a posesionarse de su espíritu, pues para colmo de amargura la muerte, que por tanto tiempo había invocado como término y descanso de sus penas, sin verla aparecer jamás, ahora cruzaba a lo lejos como un lúgubre relámpago, cuando la vida cobraba a sus ojos todas las galas de la esperanza, y sembraba de flores funerarias el camino que guiaba a su templo. Sin embargo, doña Beatriz, como todas las almas fuertes, pasado el primer estremecimiento hijo del barro, aceptaba sin miedo ni repugnancia esta idea, y sólo le dolía de la contingencia de su fin prematuro por el luto de su padre, y de aquel amante arrebatado de sus brazos por una deshecha borrasca y que otra no menos deshecha podía volver a ellos. Así, pues, sin decir palabra, se apoyó en el brazo del anciano, y lentamente bajó la escalera con barandilla prolijamente calada, y hasta que en la cámara para ella aderezada la dejó en compañía de Martina. Dejémosla también nosotros entregada a las dulzuras del sueño, que aquella noche bajaba sobre sus párpados más suave y bienhechor que en muchos días, y transportémonos a Salamanca, donde se iba a fallar el ruidoso proceso que traía alborotada a la cristiandad entera.