Compulsáronse las informaciones que cada prelado había hecho antes de congregado el concilio y comenzaron a oirse nuevos testigos. No faltaron muchos que se presentasen en contra del Temple, achacándole los mismos crímenes que perdieron a la Orden en Francia, y, sobre todo, y como cosa más visible, avaricia en las limosnas, y escaseces y falta de decoro en el culto. Cohechados la mayor parte de ellos por los enemigos de aquella gloriosa institución, arrebatados otros de un celo ignorante y fanático, parecía que unos a otros se alentaban en aquella obra de iniquidad: natural consecuencia de las pérfidas calumnias que deslumbraban los ojos del vulgo sediento siempre de novedades, y tan sobrado de imaginaciones extrañas y maliciosas, como falto de juicio y compostura.
Los caballeros solos en medio de aquel vendaval que sin cesar arreciaba, se defendían, sin embargo, con templanza y valeroso sosiego, atentos a conservar su altiva dignidad aun en medio de tamañas falsías y bajezas.
Don Rodrigo, como cabeza de la Orden, era el blanco de todos los tiros, no por odio a su persona, pues su prudencia, su urbanidad y sus austeras virtudes andaban en boca de todos; sino porque humillando la Orden en lo que tenía de más sabio y elevado, se minaban sus cimientos y se imposibilitaba su restauración. Comoquiera, el maestre infundía tal respeto por sus años y por aquel resto de imperio y de poder que todavía quedaba en su frente, que más de una vez sucedió que los testigos se retiraron corridos y amedrentados delante de la severidad de sus miradas.
El comendador Saldaña hizo harto más en defenderse de otros ataques, que si bien menos concertados, al cabo eran más enconados y violentos.
Recordarán, sin duda, nuestros lectores, que en el asalto de Cornatel, un deudo muy cercano del conde murió al golpe de una piedra que le deshizo el cráneo, y otro poco después en la barbacana bajo el hacha del anciano guerrero. Asimismo recordarán que la bandera de los Castros entró arrastrando en el castillo, arrancada por mano de don Álvaro de la tienda en que ondeaba al soplo del viento.
Heridas y ultrajes eran ya éstos que difícilmente pudiera olvidar aquel orgulloso linaje, pero el desastrado fin de su caudillo había encendido en sus pechos un odio implacable contra los templarios, y sobre todo, contra Saldaña como autor de su deshonra y duelo.
Apenas, pues, los vieron emplazados y llamados a juicio, acudieron prontamente a Salamanca, donde añadieron al peso de la acusación general el de su encono y recriminaciones.
Cuando llegó su día, presentaron su queja ante los padres, acusando al anciano de haber usado malas artes en la defensa de su castillo, con notorio menosprecio de las órdenes de su rey y señor natural. Echáronle en cara la altanería con que desechó las intimaciones del difunto conde, y, sobre todo, su muerte atroz, contraria a las leyes de la guerra. Beltrán de Castro, uno de los más cercanos deudos y que aún no había podido acomodarse al baldón del vencimiento, presentó todos estos cargos con gran discreción y energía, disfrazando a su modo los incidentes de aquella desastrosa jornada.
—Comendador Saldaña—le dijo el arzobispo de Santiago—, ¿confesáis todos los cargos que os hace Beltrán de Castro?
—Padres venerables—contestó el anciano—, no por rebeldía ni deslealtad nos negamos a obedecer las cédulas de nuestro monarca, sino por justa y legítima defensa. Caballeros de nuestra prez, no eran para tratados como quería el conde de Lemus, a quien respeto, pues que ya el supremo juez le habrá juzgado. Él quería la guerra porque anhelaba vengar agravios recibidos con causa, por desgracia sobrado justa, de mí y de uno de nuestros más nobles caballeros. Amaba el peligro y pereció en él... la paz sea con su alma. Por lo que hace a la nigromancia que nos reprocháis, señor hidalgo—continuó volviéndose a Beltrán y sonriéndose irónicamente—, el miedo, sin duda, os turbaba la vista y el entendimiento a la par, pues que así confundíais con los demonios nuestros esclavos africanos, y tomabais por llamas del infierno la pez, alquitrán y aceite hirviendo con que os rociábamos la mollera.