El gallego perdió el color al oir semejante ultraje, y rechinando los dientes, clavó sus ojos encendidos como brasas en el anciano caballero. Su mano se encaminó maquinalmente a la guarnición de la espada, pero acordándose del sitio en que estaba, mantuvo a raya los ímpetus de su ira.

—No os enojéis, señor hidalgo, que así venís a hacer leña del árbol caído—replicó el comendador en el mismo tono acre y mordaz—; no os enojéis ahora, ya que entonces de tan poco sirvió vuestro coraje a aquellos infelices montañeses, que tan sin piedad llevábais al matadero, ya que entonces el señor de Bembibre con solo un puñado de caballeros desbarató toda vuestra caballería, saqueó vuestros reales y trajo arrastrando vuestro pendón, sin que a pesar de vuestras fuerzas superiores tuviéseis ánimo para estorbarlo. ¿En qué opinión teníais a los soldados del Temple y a un viejo caballero que peleó por la cruz en Acre, hasta que los villanos la echaron por el suelo para alfombra de los caballos del soldán? Andad, que vuestro valor es como el de los buitres y cuervos, sólo bueno para emplearse en los cadáveres.

—Señor caballero—le dijo gravemente el arzobispo de Santiago—, no habéis respondido todavía a la principal cabeza de la acusación: la muerte del noble conde de Lemus... ¿Es cierto este capítulo?

—Y tan cierto—respondió Saldaña con una voz que retumbó en el salón como un trueno—, que si mil veces lo cogiera entre mis manos, otras tantas vidas le arrancaría. Sí, yo le así por el cinto cuando cayó a mis pies sin conocimiento; con él me subí a una almena, y desde allí se lo arrojé a sus gentes, diciéndoles: «¡Ahí tenéis vuestro valiente y generoso caudillo!»

—¡Lo ha confesado! ¡Lo ha confesado!—exclamaron llenos de júbilo los parientes del difunto—. Comendador Saldaña—continuó Beltrán—, yo os acuso de traición, pues sólo cohechando al cabreirés Cosme Andrade pudísteis tener noticia de la expedición del desgraciado conde.

—¡Mentís, Beltrán de Castro!—contestó una voz de entre la apiñada multitud, que entonces comenzó a arremolinarse como para abrir paso a alguno. Efectivamente, después de un corto alboroto y de algún oleaje y vaivenes entre la gente, un montañés, con su coleto largo de destazado, sus abarcas y su cuchillo de monte al lado, saltó como un gamo en el recinto destinado a los acusados, acusadores y testigos.

—¿Sois vos, Andrade?—exclamó Castro sorprendido con esta aparición para él inesperada.

—¡Yo soy, yo, el cohechado, como vos decís, ruin y villano—contestó el encolerizado montañés—. ¡Parece que os pasma el verme! Bien se conoce que me creíais muy lejos cuando así me ultrajábais. ¡Algún ángel me tocó sin duda en el corazón, cuando viéndoos llegar a Salamanca me oculté de vuestra vista para confundiros ahora, ahora que conozco la ruindad de los Castros! ¡Oh, pobres paisanos y compañeros míos, que dejásteis vuestros huesos en el foso de Cornatel! ¡Venid ahora a recibir el premio que os dan estos malsines! ¡Yo cohechado! Y ¿con qué me cohecharíais vos, mal nacido? ¿O tenéis por cohecho el rodar por los precipicios y arriesgar la vida hartas más veces que vos?

—Vos recibísteis cien doblas del comendador—replicó Beltrán un poco recobrado, aunque confuso con las embestidas del montañés, que le acosaba como un jabalí herido.

—Cierto que las recibí—contestó Andrade candorosamente—, porque se me ofrecieron con buena voluntad; pero ¿guardé una siquiera, embustero sin alma? ¿No las distribuí todas y aun bastantes de mis dineros a las viudas de los que murieron allí por los antojos de vuestro conde? ¿O piensas tú que es Andrade como tu amo maldecido, que vendía por un lugar más su fe de caballero y la sangre de los suyos? Agradece a que estamos delante de estos varones de Dios, que si no ya mi cuchillo de monte te hubiera registrado los escondites del corazón.