—Sosegaos, Andrade—le dijo el obispo de Astorga—y contadnos lo que sepáis, porque vuestra presencia no puede ser más oportuna.

—Yo, reverendos padres—contestó él con su sencillez habitual—, no soy más que un pobre hidalgo montañés, a quien se le alcanza algo más de cazar corzos y pelear con los osos, que no de estas cosas de justicia; pero con la verdad por delante nunca he tenido miedo de hablar, aunque fuese en presencia del soberano pontífice. Allá va, pues, lo que vi y pasé, bien seguro de que nadie le quite ni ponga.

Dijimos que, cuando el honrado Andrade cayó despeñado del torreón por mano de Millán, le detuvieron unas ramas protectoras. Afortunadamente, no estaban muy lejos de la muralla, y, de consiguiente, pudo oir casi todas las palabras que mediaron entre don Álvaro y el conde al principio, y luego lo que pasó con el comendador hasta que el magnate gallego bajó descoyuntado y hecho pedazos hasta la orilla del arroyo. Así, pues, su declaración en que tanto resaltaba la generosidad de don Álvaro, y la efusión con que contó los prontos socorros que había recibido de Saldaña y de todos los caballeros, hicieron una impresión tan favorable en el ánimo de los padres, que los acusadores de Saldaña no sólo enmudecieron, sino que, corridos y avergonzados, no sabían cómo dejar el tribunal.

—En suma, santos padres—concluyó el montañés—; si las buenas obras cohechan, yo me doy por cohechado aquí y para delante de Dios; porque a decir verdad, tan presa dejaron mi voluntad con ellas estos buenos caballeros, que cuando oí decir que al cabo los llevaban presos, acordándome de las mentiras del conde de Lemus y temiendo no les sucediese lo que en Francia, me fuí corriendo a Ponferrada, y allí dije al comendador que yo le ocultaría en Cabrera y aun le defendería de todo el mundo. Yo no sé si hice bien o mal, pero es seguro que volvería a hacerlo siempre, porque él me salvó la vida dos veces, y como decía mi padre, que de Dios goce: «el que no es agradecido no es bien nacido».

—Señor de Bembibre—dijo entonces el inquisidor general volviéndose a don Álvaro—, aunque nuevo en esta tierra, no me es desconocida la fama de hidalguía y valor que en ella gozáis. Decid, pues, bajo vuestra fe y palabra, si es verdadera la declaración de Andrade.

—Por mi honor os juro que la verdad ha hablado por su boca—contestó el joven poniendo la mano sobre el corazón—. Sólo una cosa se le ha olvidado al buen Cosme, y es que también se entendía conmigo, sin haberme conocido, la noble hospitalidad que ofreció al comendador Saldaña.

—Ya, ya—repuso el montañés casi avergonzado—; bueno sería que lo poco bueno que uno hace lo fuese a pregonar a son de trompeta. Y luego que cuando disteis aquel repelón a nuestro campo de Cornatel, ni siquiera hicisteis un rasguño a ninguno de los míos, y después, a los que curaron de sus heridas, los regalasteis con tanta largueza como si fuérais un emperador. Para acabar de una vez, padres santos—continuó dirigiéndose al concilio con tanto respeto como desembarazo—, si dudáis de cuanto llevo dicho, venga aquí la Cabrera entera, y ella lo confirmará.

—No es necesario—dijo entonces el obispo de Astorga—, porque las secretas informaciones que por mi mandato han hecho los curas párrocos de aquel país, corroboran los mismos extremos. Este proceso, último que queda por ver de cuantos se han traído a esta junta sagrada, deberá decidir el fallo, salvo el mejor parecer de mis hermanos.

—Deudos del conde de Lemus—dijo en alta voz el arzobispo de Santiago—, ¿queréis proseguir en la acusación, presentar nuevas pruebas y estar a las resultas del juicio?

—En mi nombre y en el de los míos me aparto de la acusación—contestó Beltrán de Castro con despecho—, sin perjuicio de volver a ella delante de todos los tribunales cuando pueda presentar pruebas más valederas.