—Debíais pedir la del combate—le dijo Saldaña, siempre con la misma amargura—, siquiera no fuese más que por renovar las hazañas de que fuimos testigos encima de Río Ferreiros.
Capitaneaba Beltrán la caballería del conde en aquella ocasión, y envuelto en el torrente de los fugitivos nada pudo hacer a pesar de sus esfuerzos, de manera que, sin estar desnudo de valor, su opinión había quedado en dudas. Ninguna herida, por lo tanto, más profunda y dolorosa pudiera haber recibido que la venenosa alusión del comendador. Tartamudeando, pues, de furor, y con una cara como de azufre, le dijo:
—En cuanto os dieren por libres la pediré, ¡y entonces veremos lo que va del valor a la fortuna!
—Mío es el duelo—contestó don Álvaro—, pues que tomáis sobre vos las ofensas del conde de Lemus. A mí me encontraréis en la demanda.
—No, sino a mí—replicó Andrade—, que he sido agraviado delante de tanta gente.
—¡Con los tres haré campo!—exclamó Beltrán en el mismo tono.
—Caballeros todos—dijo el inquisidor apostólico—, no debe escondérseos, sin duda, que delante de la justicia no hay agravio ni ofensa. Así, pues, dad lo hecho por de ningún valor y efecto, y vos, Beltrán, ya que tan cuerdamente desamparáis la acusación, pensad en volveros a vuestro país, que los altos juicios de Dios no se enmiendan con venganzas ni rencores, siempre ruines cuando se ejecutan en vencidos.
Estas graves palabras, dichas con un acento que llegaba al alma, si no mudaron las malévolas intenciones de los Castros, les probaron por lo menos su impotencia; así fué que, despechados tanto como corridos, se salieron del tribunal y, en seguida, de Salamanca, donde habían encontrado el premio que suelen encontrar los sentimientos bastardos: la aversión y el desprecio.
Otro fruto produjeron también sus ciegas persecuciones, y fué el poner tan de bulto la inocencia de los templarios, que aun sus más encarnizados enemigos hubieron de contentarse con sordos manejos y asechanzas.
Vistos, pues, todos los procesos y pensado el asunto maduramente, el concilio declaró, por unanimidad, inocentes a los templarios de todos los cargos que se les imputaban, reservando, sin embargo, la final determinación al sumo pontífice.