—Pensaba, señor—le respondió ella, llevando su mano a los labios—, que mi vida no es de diez y ocho años, sino tan larga como la vuestra. Yo tenía un amante y lo he perdido; tenía una madre y la he perdido; tuve un esposo y allí lo he perdido también—añadió señalando el castillo con el dedo—. Dos veces me he visto desterrada del techo paterno; don Álvaro, desposeído de sus esperanzas, se acogió al claustro guerrero de una Orden poderosa, y helo ahí por el suelo. ¿Cómo en el breve espacio de un año se han amontonado tantos sucesos sobre la endeble tela de mi vida? ¿Qué es la gloria del hombre, que así se la lleva el viento de una noche? Mi ventura se fué con las hojas de los árboles el año pasado; ¡ahí están los árboles otra vez llenos de hojas!: yo les pregunto: «¿Qué hicisteis de mi salud y de mi alegría?»; pero ellas se mecen alegremente al son del viento, y si alguna respuesta percibo en su confuso murmullo, es un acento que me dice: «El árbol del corazón no tiene más que unas hojas, y cuando llegan a caerse se queda desnudo y yerto, como la columna de un sepulcro.»

—Hija mía—respondió el anciano—, ¿te acuerdas de que el Señor hizo brotar una fuente de las entrañas de una peña para que bebiese su pueblo? ¿Cómo dudas, pues, de su poder y su bondad? ¿Te sientes peor?... Esta mañana no te he visto pasear por los jardines como otras veces...

—Sin embargo—contestó ella—, ya puedo andar un buen trecho sin el apoyo de Martina, y suelo dormir alguna que otra hora de la noche. Espero en Dios que mi mejoría será mayor cada día, y que pronto sanaré de los males del alma y del cuerpo.

La cuitada se acordó de que su padre la escuchaba, y volvió a su sistema de generoso fingimiento; pero tan lejos estaba de decir lo que sentía, que, sin poderlo remediar, terminó con un suspiro aquellas consoladoras palabras. El anciano le dirigió una mirada tan triste como penetrante, y al cabo de un corto rato, en que guardó silencio, le dijo con acento sentido:

—Beatriz, hace tiempo que estoy viendo tus esfuerzos, pero tú no sabes que cada uno es un dardo agudísimo que me traspasa el corazón. ¿De qué me sirven esas apariencias vanas?... ¡Tú sí que te empeñas en deshojar la planta de mi arrepentimiento y en quitarme hasta la esperanza de sus frutos! Vuelve en ti, hija mía, y piensa que tú eres la única corona de mi vejez, para desechar esos pensamientos, que son una reconvención continua para mí.

—¡Oh, padre mío!—respondió la joven echándole los brazos al cuello—: no se hable más de mis locos desvaríos, que no siempre están en mi mano. ¿No queréis que demos un paseo por el lago?

—Óyeme, todavía un poco más—respondió el anciano—, y dime todas tus dudas y recelos. ¿Qué te suspende y embebece tan dolorosamente, cuando las cartas que recibimos del abad de Carracedo nos aseguran de la justificación del tribunal de Salamanca? ¿Cómo dudas de que suelten a don Álvaro de sus votos, cuando los más sabios los dan por de ningún valor ni obligación?

—Dudo de mi dicha por ser mía—contestó doña Beatriz—, y porque es don Álvaro demasiado poderoso y de altas prendas para no infundir recelo a sus enemigos. ¿No sabéis también cuánto se afana el infante don Juan por que los templarios sufran aquí la misma suerte que en Francia? Harto justos son mis temores. Este pleito ruidoso me trae sin mí, y aun las escasas horas de sueño que disfruto me las puebla de imágenes funestas. El otro día soñé que don Álvaro estaba en medio de una plaza, atado a un palo y cercado de leña, y el pueblo, que le miraba en vez de darse a su ordinaria grita, lo contemplaba mudo de asombro. Tenía vestido el hábito blanco de su Orden, y en su semblante había una expresión que no era de este mundo. De repente, la leña se encendió, y el inmenso concurso soltó un grito, pero yo le veía por entre las llamas, y estaba con su ropa cada vez más blanca y su semblante cada vez más hermoso. Por fin empezaron a tiznarse sus vestidos y a alterarse sus facciones con el dolor, y clavando en mí los ojos, me dijo con una voz muy alta y dolorosa: «¡Ay, Beatriz, estas habían de ser las luminarias de nuestras bodas!» Yo, entonces, que había estado como de piedra, me encontré ágil de repente, y corrí a él para desatarle, pasando por en medio de las llamas; pero apenas lo hube logrado, cuando los dos caímos en la hoguera. Entonces me desperté temblando como una hoja, bañada en sudor frío, y con un aliento tan ahogado que pensé que iba a morir. Por eso me notáis algo más de tristeza y abatimiento hoy que otras veces, pero la suerte me hallará para todo prevenida.

Don Alonso conoció que todas sus razones servirían de poco en aquella ocasión; así, pues, al cabo de un rato de silencio dijo presentando la mano a su hija:

—La tarde está muy hermosa, y bien decías antes que era preciso aprovecharla.