La joven se levantó prontamente, y apoyándose en el brazo de su padre, bajó con él hasta el embarcadero, donde les aguardaba una ligera falúa con jarcias y banderolas de seda con las armas del Temple. Entraron en ella, y tres mozos del país, empuñando los remos, comenzaron a bogar reciamente, mientras la airosa embarcación se deslizaba rápida y majestuosamente, dejando tras sí un largo rastro, en el cual los rayos del sol parecían quebrarse en mil menudas chispas y centelleos.

Martina se había quedado en la quinta; y meneando la cabeza y con ojos no muy alegres, seguía a la falúa en que su señora, cubierta con una especie de almalafa blanca muy sutil que se mecía al son del viento, y con los cabellos sueltos, parecía una nereida del lago. La pobre muchacha, que con tanto amor y discreción la había servido y acompañado, no acertaba a verse libre de zozobra y ansiedad, pues como la más cercana a doña Beatriz, mejor que nadie conocía su estado. En realidad antes se había mejorado que decaído su salud, pero bien sabía las mortales congojas que le costaba la incertidumbre en que vivía por la suerte de don Álvaro, y que los vislumbres todos de su esperanza de ella pendían principalmente. Por otra parte, como la tristeza es harto más contagiosa que la alegría, la buena de Martina había perdido no poco de su belleza y donaire, y hasta el brillo de sus ojos azules se había amortiguado algo.

Sucedió, pues, que cuando más embelesada estaba en sus ideas, unos pasos muy pesados que sintió detrás le hicieron volver la cabeza, y se encontró nada menos que con nuestro antiguo conocido Mendo, el caballerizo, que venía muy apurado y con la misma cara que en otro tiempo le vieron poner nuestros lectores cuando fué a noticiar a su ama en el soto de Arganza la llegada del templario y de su compañero. Martina, que desde aquella ocasión le había mirado con algo de ojeriza y mala voluntad, le recibió con impaciencia y ceño.

—Martina, Martina—le dijo con gran priesa—, algo debe de haber de nuevo, porque desde la torre he visto asomar gente por lo alto de la cuesta de Río Ferreiros.

—Vamos allá—respondió ella con despego—siempre será una embajada como la de antaño. ¿Qué tenemos con la gente que venga? ¿No vienen todos los días de mercado aldeanos de Ponferrada?

—¡Qué aldeanos ni qué ocho cuartos, mujer!—respondió él con su acostumbrada pachorra—; si he visto yo los pendoncillos de las lanzas y el sol que les daba en los cascos, y no se podía sufrir. Dígote que son hombres de armas, y que algo de nuevo traen.

—Pues harto mejor harías en haber ido a esperarlos, y volver corriendo con la noticia—replicó Martina, que no gustando de la compañía, se hubiera deshecho de ella con gran satisfacción.

—De buena gana me hubiera ido—dijo él—; pero el vejete de Nuño se empeñó hoy en salir en el Gitano, que es el caballo que a mí me gusta, y me quedé. Vedlo, allí va—añadió señalando el lugar de la orilla por donde el cazador iba con su caballo—, ¡y qué aires tan altos y sostenidos! y qué maestría en el portante. ¡Calla! ¿pues qué le ha dado al viejo que así lo pone al galope sin necesidad, como si fuera su jaca gallega?...

Quedóse entonces el palafrenero con la boca abierta y siguiendo con los ojos la carrera de su palafrén predilecto, hasta que, soltando un grito, exclamó con una impetuosidad que le era totalmente extraña: