—¡Ahora sí! ahora sí que son ellos; míralos allá, Martina... Allá bajo las encinas a la entrada del pueblo... ¿no los ves?
—Sí, sí, ya los veo—respondió la muchacha, que era toda ojos en aquel momento—. Pero ¿qué traerán?
—¿Qué sé yo?—respondió Mendo—. ¡Toma! ¡toma! ¡pues si casi todo el pueblo de Carucedo está allí! Oye, oye, cómo gritan y cómo brincan los rapaces y aun los mozos... Pues señor algo alegre tiene que ser, por fuerza.
—Pero válgame Dios, y ¿qué podrá ser?—volvió a preguntar la muchacha, poseída de curiosidad.
—Ahora llega Nuño y habla con ellos... ¡Por Santiago, que el viejo se ha vuelto loco! ¿no has visto cómo ha tirado el gorro al alto?... ahora todos hacen señas a la falúa de los amos... allá va... ¡cuerpo de Cristo, y qué gallardamente reman!... pues no tienen poca priesa los que aguardan... ¿has visto tal grita y tal manotear?
La embarcación iba acercándose, en efecto, rápidamente a las señas y voces de aquel animadísimo grupo de gentes de todas edades y sexos, sobre los cuales se veían descollar algunos hombres de armas a caballo; sin embargo, la velocidad de la falúa no correspondía a la impaciencia de Nuño que, picando de ambos lados su generoso corcel, se metió a galope por el lago adelante levantando una gran columna de agua con la que debía de mojarse hasta los huesos, y excitando la furia de Mendo, que, echando un voto, y amenazando con el puño cerrado, dijo con una gran voz:
—¡Ah, bárbaro silvestre y bellacón! ¿así tratas tú la alhaja mejor de la caballeriza? ¡Por quien soy que no tienes tú la culpa, sino quien pone burros a guardar portillos! ¡Para mi alma que si otra vez te vuelves a ver encima de él que me vuelva yo moro!
—Mal año para ti y para todos tus rocines—exclamó enojada Martina—; calla a ver si podemos oir algo, y déjame ver de todas maneras lo que pasa.
El generoso corcel, obediente y voluntario como suelen ser todos los de buena raza, llegó nadando gallardamente con su jinete hasta el borde de la falúa, y allí Nuño, gesticulando con vehemencia, dió su mensaje, que tanta priesa le corría. Doña Beatriz, que se había puesto en pie para escucharle, y cuya forma esbelta y agraciada, con su vestido blanco, se dibujaba como la de un cisne sobre la superficie azulada del lago, levantó los brazos al cielo, y en seguida se hincó de rodillas con las manos juntas como si diese gracias al Todopoderoso. Su padre, fuera de sí, de alborozo, corrió a abrazarla estrechamente; en seguida, metiendo la mano en una especie de bolsa que traía pendiente de la cinta, sacó una cosa que entregó a Nuño, y éste, volviendo a la orilla con gran priesa, comenzó a distribuir entre los aldeanos el bolsillo de su señor, que, como presumirán nuestros lectores, era lo que acababa de recibir. Con esto crecieron las aclamaciones y vítores mientras la falúa ligeramente se dirigía a las encinas, donde el señor de Arganza, saltando en tierra, y abrazando a uno de los recién venidos, le hizo embarcar con él y su hija, que también se adelantó a darle la mano. Los demás, precedidos de Nuño, se dirigieron a galope a la quinta, seguidos, durante un rato, de toda la chiquillería de Carucedo, que gritaban a más y mejor.
Martina, que con los ojos arrasados en lágrimas había visto aquella escena, cuyo sentido no tardó mucho en comprender, exclamó entonces: