—Gracias mil sean dadas a Dios, porque los templarios han sido absueltos, y ya nada tenemos que temer por el generoso don Álvaro. Pero ¿qué haces ahí, posma?—le gritó a Mendo, que se había quedado como lelo—; ¿no ves que ya están llegando? Anda a habilitar las caballerizas.
No le pesaba al rollizo palafrenero de la absolución de don Álvaro, porque desvanecidos como el humo sus proyectos de servir a un conde con la muerte del de Lemus, creía que ninguno podía haber más honrado para reemplazarle que el señor de Bembibre; pero no estaba en esto la dificultad, sino que como amo y criado venían a ser a sus ojos una misma persona, y él no había cedido en sus amorosos propósitos respecto a Martina, veía dar en el suelo toda la fábrica de sus pensamientos con semejante desenlace. Así fué que, aguijoneado tan vivamente por la muchacha, bajó la escalera, diciendo entre dientes:
—Pues, señor; con que el zascandil de Millán vuelva, y con que el Gitano coja un muermo con la mojadura que no se lo quite en medio año de encima, medrados habemos quedado.
Martina, por su parte, bajó también aceleradamente al embarcadero, donde a poco saltó en tierra su señora en compañía de su padre y de aquel portador de buenas nuevas, que no era otro sino nuestro buen amigo Cosme Andrade.
CAPÍTULO XXXIV
El honrado montañés que vió tan bien terminada la causa de los templarios a despecho del encono que los Castros abiertamente, y el infante don Juan y otros señores con sordos manejos, habían manifestado contra aquella esclarecida Orden, determinó de volverse a su Cabrera, de donde faltaba hacía ya más tiempo del que hubiera deseado. Como la situación de los caballeros después de la ocupación de sus bienes era tan precaria, volvió a las instancias y ofertas que ya en Ponferrada había hecho al comendador; pero con más ardor que nunca, ponderándole con su sencilla efusión el gran contento que recibiría su mujer con su vista, el favor que le haría en enseñar a sus hijos los ejercicios de los guerreros, lo mucho que se divertiría con sus cazas, y, sobre todo, la paz y veneración que le rodearían por todas partes. El anciano se mantuvo inflexible como quien ha formado una resolución, que todo el poder del mundo no bastaría a destruir, y así el buen hidalgo hubo de hacer sus preparativos de viaje, sin que se le lograra aquel vivo deseo.
Cuando llegó el día de la separación, los caballeros todos salieron a despedir a Cosme a las afueras de Salamanca para darle un público testimonio de lo agradecidos que quedaban a su noble comportamiento. Paga escasa, en verdad, si no la realzara y diera tan subido precio la sincera voluntad que la dictaba, porque nadie se había arrojado a la defensa del Temple con tanto valor como aquel sencillo montañés, ni hubo testimonio que tanto peso tuviese como el suyo en el ánimo de aquellos santos varones.