La nobleza de su alma se descubrió bien a las claras cuando casi solo se arrestó a sostener el choque de la opinión embravecida en aquel siglo supersticioso, y sin vacilar se puso a luchar cuerpo a cuerpo con el poderoso linaje de los Castros.
Cualquiera que fuese la prevención y odio con que miraban a aquella caballería, como los rasgos generosos tienen un no sé qué de eléctrico, poco tardó en ganar la mayor parte de los corazones: así fué que salió de Salamanca colmado de elogios y favores de todas clases.
Llegó por fin el instante de la partida, y entonces el maestre, después de haberle dado las gracias en unos términos que el buen montañés no parecía sino que estaba a la vergüenza, según el vivo color que a cada momento le encendía las mejillas, le regaló un caballo de casta árabe y de hermosísima estampa, ricamente enjaezado. Bien hubiera querido él excusar el regalo, pero no fué posible, atendida la fina y delicada muestra de gratitud de aquellos guerreros. Antes de montar a caballo, sin embargo, todavía llamó aparte a Saldaña, y con las lágrimas en los ojos le volvió a rogar que se fuese con él a Cabrera, cosa que él rehusó, pero no sin cierto enternecimiento, que no estaba en su mano sofocar. Por fin, después de muchos abrazos y aun lágrimas, subió el montañés en su nueva cabalgadura y se alejó de la noble Salamanca, acompañado de unas cuantas lanzas del abad de Carracedo que volvían al Bierzo.
Comoquiera, las alegres nuevas de que era portador, casi disiparon del todo el disgusto de la separación, porque las cartas que llevaba para el señor de Arganza del venerable religioso, y los sucesos que como testigo presencial podía contar, era cosa averiguada que derramarían la alegría en las pintorescas orillas del lago de Carucedo.
Y no se engañaba, según acabamos de ver, porque como aquellos pacíficos aldeanos sólo bienes y limosnas debían a los templarios, recibieron como la mejor fiesta del mundo la noticia de su absolución. Así fué que, cuando puso el pie en tierra, después de haberle acogido con los brazos abiertos el señor de Arganza, y de haber visto entre las suyas la mano delicada de aquella dama a quien sus pesares y dolencias no habían podido despojar de su singular atractivo y hermosura, no sabía el buen cazador lo que le pasaba, ni cabía en sí de puro ancho.
Como ya declinaba el sol cuando el encuentro y sucesos que de referir acabamos, don Alonso no rompió la nema de los pliegos hasta llegar a la quinta.
El virtuoso abad le daba cuenta en ellos de varios pormenores del juicio y de la sentencia, le recomendaba eficazmente a Andrade y concluía diciéndole que, atendido el espíritu de los padres del concilio, estaba casi cierto que darían por libre a don Álvaro de todos sus votos. La carta concluía con algunas reflexiones llenas de unción y de consuelo, vivo traslado de la caridad que se abrigaba en aquella alma, a pesar de la notable adustez de su carácter.
Encargar festejos y toda clase de finezas para el portador de semejantes nuevas, era trabajo de todo punto excusado; además, que don Alonso estimaba cordialmente a aquel hombre, dechado de honradez y de virtudes antiguas.
Así fué, que en los días que permaneció en la quinta no cesaron las funciones de caza y pesca, los banquetes y las danzas. Sin embargo de todo, el montañés, que nunca había hecho ausencia tan larga de su casa, anhelaba extraordinariamente volver a ver la cara de su mujer y los enredos de sus hijos; por lo cual, al cabo de una semana, se despidió de su noble huésped y de su interesante hija para volverse a sus nativas montañas. Doña Beatriz le regaló unas preciosas ajorcas de oro y pedrería para su esposa, y don Alonso le hizo presente de un hermoso tren de caza, con una corneta primorosamente embutida en plata. Además, para mayor honra, le acompañó un buen trecho de camino, al cabo del cual se separaron haciéndose las más cordiales protestas de amistad y buena correspondencia.
En su alma era donde encontraba Andrade el mejor galardón de sus acciones; pero no dejaba de ser uno y bien halagüeño la afición que con ellas había logrado despertar en todas las almas bien nacidas.