¡Delicioso espectáculo, en que un alma descargada de pesares no hubiese dejado de hallar goces secretos y vivos!
Gracias a la velocidad de Almanzor, que don Álvaro había ganado en la campaña de Andalucía de un moro principal a quien venció, pronto se halló a la puerta del convento. Guardábanla dos como maceros, más por decoro de la casa que no por custodia o defensa, que hicieron al señor de Bembibre el homenaje correspondiente a su alcurnia; y tirando uno de ellos del cordel de una campana, avisó la llegada de tan ilustre huésped. Don Álvaro se apeó en el patio y, acompañado de dos monjes que bajaron a su encuentro, y de los cuales el más entrado en años le dió el ósculo de paz, pronunciando un versículo de la Sagrada Escritura, se encaminó a la cámara de respeto en que solía recibir el abad a los forasteros de distinción. Era ésta la misma donde la infanta doña Sancha, hermana del emperador don Alonso, había administrado justicia a los pueblos del Bierzo, derramando sobre sus infortunios los tesoros de su corazón misericordioso: gracioso aposento con ligeras columnas y arcos arabescos, con un techo de primorosos embutidos al cual se subía por una escalera de piedra adornada de un frágil pasamano. Una reducida pero elegante galería le daba entrada, y recibía luz de una cúpula bastante elevada y de algunos calados rosetones; todo lo cual, junto con los muebles ricos, pero severos, que la decoraban, le daban un aspecto majestuoso y grave.
Los religiosos dejaron en esta sala a don Álvaro por espacio de algunos minutos, al cabo de los cuales entró el abad. Era éste un monje como de cincuenta años, calvo, de facciones muy acentuadas, pero en que se descubría más austeridad y rigor que no mansedumbre evangélica; enflaquecido por los ayunos y penitencias, pero vigoroso aún en sus movimientos. Se conocía a primera vista que su condición austera y sombría, aunque recta y sana, le inclinaba más bien a empuñar los rayos de la religión que no a cubrir con las alas de la clemencia las miserias humanas. A pesar de todo, recibió a don Álvaro con bondad y aun pudiéramos decir con efusión, atendido su carácter, porque le tenía en gran estima, y después de los indispensables cumplimientos se puso a leer la carta del maestre. A medida que la recorría iban amontonándose nubarrones en su frente dura y arrugada, tristes presagios para don Álvaro; hasta que, concluída, por último le dijo con su voz enérgica y sonora:
—Siempre he estimado a vuestra casa: vuestro padre fué uno de los pocos amigos que Dios me concedió en mi juventud, y vuestro tío es un justo, a pesar del hábito que le cubre; pero ¿cómo queréis que yo me mezcle ahora en negocios mundanos, ajenos a mis años y carácter, ni que vaya a desconcertar un proyecto en que el señor de Arganza piensa cobrar tanta honra para su linaje?
—Pero, padre mío—contestó don Álvaro—, la paz de vuestra hija de penitencia, el amor que la tenéis, la delicadeza de mi proceder y tal vez el sosiego de esta comarca son asuntos dignos de vuestro augusto ministerio y del sello de santidad que ponéis en cuanto tocáis. ¿Imagináis que doña Beatriz encuentre gran ventura en brazos del conde?
—Pobre paloma sin mancilla—repuso el abad con una voz casi enternecida—: su alma es pura como el cristal del lago de Carucedo, cuando en la noche se pintan en su fondo todas las estrellas del cielo, y ese reguero de maldición acabará por enturbiar y amargar este agua limpia y serena.
Quedáronse entrambos callados por un buen rato, hasta que el abad, como hombre que adopta una resolución inmutable, le dijo:
—¿Seríais capaz de cualquier empresa por lograr a doña Beatriz?
—¿Eso dudáis, padre?—contestó el caballero—; sería capaz de todo lo que no me envileciese a sus ojos.
—Pues entonces—añadió el abad—, yo haré desistir a don Alonso de sus ambiciosos planes, con una condición: y es que os habéis de apartar de la alianza de los templarios.