El rostro de don Álvaro se encendió en ira, y en seguida perdió el color hasta quedarse como un difunto, en cuanto oyó semejante proposición. Pudo sin embargo contenerse, y se contentó con responder, aunque en voz algo trémula y cortada:
—Vuestro corazón está ciego, pues no ve que doña Beatriz sería la primera en despreciar a quien tan mala cuenta daba de su honra: la dicha siempre es menos que el honor. ¿Cómo queríais que faltase en la hora del riesgo a mi buen tío y a sus hermanos? ¡Otra opinión creí mereceros!
—Nunca estuvo la honra—respondió el abad con vehemencia—en contribuir a la obra de tinieblas, ni en hacer causa común con los inicuos.
—¿Y sois vos—le preguntó el caballero con sentido acento—, vos, un hijo de San Bernardo, el que habla en esos términos de sus hermanos? ¿Vos obscurecéis de esa manera la cruz que resplandeció en la Palestina con tan gloriosos rayos, y que ha menguado en España las lunas sarracenas? ¿Vos humilláis vuestra sabiduría hasta recoger las hablillas de un vulgo fiero y maldiciente?
—¡Ah!—repuso el monje con el mismo calor, aunque con un acento doloroso—; ¡pluguiera al cielo que sólo en boca de la plebe anduviese el nombre del Temple! Pero el papa ve los desmanes del rey de Francia sin fulminar sobre él los rayos de su poder, y ¿pensáis que así abandonaría a sus hijos, no ha mucho tiempo de bendición, si la inocencia no los hubiera abandonado antes? El jefe de la iglesia, hijo mío, no puede errar, y si hasta ahora no ha recaído ya el castigo sobre los delincuentes, culpa es de su corazón benigno y paternal. ¡Oh dolor!—añadió levantando las manos y los ojos al cielo—. ¡Oh vanidad de las grandezas humanas! ¿Por qué han seguido los caminos de la perdición y de la soberbia, desviándose de la senda humilde y segura que les señaló nuestro padre común? Por su desenfreno acabamos de perder la Tierra Santa, y ya será preciso pasar el arado sobre aquel alcázar a cuyo abrigo descansaba alegre la cristiandad entera; pero se ha convertido ya en templo de abominación.
Don Álvaro no pudo menos de sonreirse con desdén, y dijo:
—Mucho será que a tanto alcancen vuestras máquinas de guerra.
El abad le miró severamente, y sin hablar palabra le asió del brazo y le llevó a una ventana. Desde ella se divisaba una colina muy hermosa, sombreadas sus faldas de viñedo al pie de la cual corría el Cúa, y cuya cumbre remataba no en punta, sino en una hermosa explanada con el azul del cielo por fondo. Un montón confuso de ruinas la adornaba: algunas columnas estaban en pie, aunque las más sin capiteles: en otras partes se alcanzaba a descubrir algún lienzo grande de edificio, cubierto de yedra, y todo el recinto estaba rodeado aún de una muralla por donde trepaban las vides y zarzas. Aquel «campo de soledad mustio collado» había sido el Bergidum romano.
Bien lo sabía don Álvaro; pero el ademán del abad y la ocasión en que le ponía delante aquel ejemplo de las humanas vanidades y soberbias le dejó confuso y silencioso.
—Miradlo bien—le dijo el monje—, mirad bien uno de los grandes y muchos sepulcros que encierran los esqueletos de aquel pueblo de gigantes. También ellos en su orgullo e injusticia se volvieron contra Dios como vuestros templarios. Id, pues, id como yo he ido en medio del silencio de la noche, y preguntad a aquellas ruinas por la grandeza de sus señores; id, que no dejarán de daros respuesta los silbidos del viento y el aullido del lobo.