El señor de Bembibre, antes confuso, quedó ahora como anonadado y sin contestar palabra.

—Hijo mío—añadió el monje—, pensadlo bien y apartaos, que aún es tiempo; apartaos de esos desventurados, sin volver la vista atrás, como el profeta que salía huyendo de Gomorra.

—Cuando vea lo que me decís—respondió don Álvaro con reposada firmeza—, entonces tomaré vuestros consejos. Los templarios serán tal vez altaneros y destemplados, pero es porque la injusticia ha agriado su noble carácter. Ellos responderán ante el soberano pontífice y su inocencia quedará limpia como el sol. Pero en suma, padre mío, vos que veis la hidalguía de mis intenciones, ¿no haréis algo por el bien de mi alma y por doña Beatriz, a quien tanto amáis?

—Nada—contestó el monje—: yo no contribuiré a consolidar el alcázar de la maldad y del orgullo.

El caballero se levantó entonces y le dijo:

—Vos sois testigo de que me cerráis todos los caminos de paz. ¡Quiera Dios que no os lo echéis en cara alguna vez!

—El cielo os guarde, buen caballero—contestó el abad—y os abra los ojos del alma.—En seguida le fué acompañando hasta el patio del monasterio y después de despedirle se volvió a su celda, donde se entregó a tristes reflexiones.