Cabalmente estas razones eran las que más desviaban al inquisidor de otorgar la demanda, pues no habiendo sido poderosa su influencia a estorbar la declaración que restituía a don Álvaro a la clase de señor independiente, el único medio que tenía de disminuir su poderío, era impedir aquel enlace deseado. Tan cierto es, que la mano de la política, y la razón de estado sin escrúpulo, trastornan las esperanzas más legítimas, y se burlan de todos los sufrimientos del alma.

Perseverante, pues, en su propósito, desoyó Aymerico, no sólo las reclamaciones del abad y de los prelados, sino los ruegos de una gran porción de señores que, guiados por don Juan Núñez de Lara, y llenos de afición a don Álvaro, emplearon todos sus esfuerzos en allanarle el camino de su felicidad. Recayó, pues, brevemente la sentencia, dando por válido y obligatorio el voto de que se trataba, hasta que el Sumo Pontífice, en el concilio general que debía celebrarse en Viena del Delfinado, determinase lo más justo.

El inquisidor por su parte, para dulcificar algún tanto la amargura de este fallo, ofreció interponer sus buenos oficios con la corte romana, para la resolución definitiva de este asunto, que en conciencia no había podido zanjar favorablemente, según decía. Ninguno se dejó engañar, sin embargo, porque, acudiendo al concilio de Viena, casi todos los obispos de la cristiandad, y habiendo de verse en él las piezas innumerables del inmenso proceso del Temple, no había imaginación que le viese el término, ni esperanza que hasta su fin pudiese llegar.

Muy general fué la pesadumbre que ocasionó semejante desenlace, pero la del abad, del maestre, de Saldaña y don Juan Núñez de Lara, fué grandísima y sobremanera amarga, aunque dictada por tan distantes motivos. Mucho le pesaba al buen religioso de ver así malogrados sus afanes, y a los ancianos caballeros asistir a los funerales de la última esperanza de don Álvaro, pero en Lara se mezclaba al dolor el más vivo remordimiento, y de todos ellos era quizá el más digno de compasión.

Por lo que hace a aquel desventurado joven, no se le oyó más que una queja: la de ver definitivamente separada su suerte de la de los templarios, cuando acababan de romper el último talismán que podía hacerle agradable el poder y los honores. Desde entonces hasta el día en que hubo de dar la vuelta al Bierzo en compañía del abad, no volvió a pronunciar una sola palabra sobre su suerte; pero en aquella ocasión, y sobre todo, al despedirse de Saldaña, soltó la compresa a su dolor, y maldijo mil veces del sino que había traído al mundo. El anciano le consoló como pudo, exhortándole a la fortaleza, y poniéndole delante la inmensidad del porvenir con que le brindaba su juventud. Tanto él como el maestre y casi todos los caballeros quedaban en calidad de reclusos esparcidos en monasterios y conventos apartados, hasta la resolución del papa: así, pues, don Álvaro, después de haber recibido la bendición de su tío y los abrazos de Saldaña y de sus compañeros, salió de Salamanca con el abad de Carracedo, desamparado y triste como nunca. Después de tantos desengaños y severas lecciones, al cabo de tantos vaivenes dentro de su propio corazón, y en los revueltos caminos del mundo, la luz de la esperanza solo podía iluminar, dudosa y turbiamente, las tinieblas de su alma. No se le ocultaba el estado de doña Beatriz y el terrible golpe que con el último suceso iba a recibir, y contra aquel presentimiento, contra aquella voz interna, se estrellaban todos los consuelos y reflexiones del abad; bien es verdad que los mismos temores y zozobras asaltaban el alma del anciano, y privaban a su voz de aquel acento de seguridad tan necesario para comunicar el valor y la confianza. El viaje, por consiguiente, fué muy desabrido y silencioso.

Había pensado el monje presentarse desde luego en la quinta de Carracedo y preparar por sí mismo a doña Beatriz para la dura prueba a que volvía a sujetarla la suerte; pero mejor mirado todo, juzgó más prudente detenerse a descansar en Bembibre y desde allí escribir a don Alonso todo lo ocurrido.

Habíase adelantado Millán a la impensada nueva del regreso de su amo, y todo Bembibre salió a su encuentro, pues ni un solo día habían dejado de rezar por su feliz y pronta vuelta, ni echar de menos su autoridad paternal. Don Álvaro procuró corresponder, como siempre, a aquellas sencillas muestras de aprecio, pero nadie dejó de observar con disgusto cuán mudado estaba con los pesares el semblante de su señor. La guarnición, que en nombre del rey ocupaba el castillo, lo dejó al punto en manos de su legítimo dueño y un buen número de los soldados que habían acompañado a don Álvaro a la expedición de Tordehumos, se apresuraron a guarnecerlo. En una palabra, el día entero, y aun algunos de los posteriores, se pasaron en danzas y regocijos de todas clases, pues todo había vuelto en Bembibre a su antigua alegría.—¡Todo, menos el corazón de su señor!

CAPÍTULO XXXV