Las esperanzas de doña Beatriz venían a ser con tan raros sucesos como las flores del almendro, que apresurándose a romper su capullo a las brisas de la primavera y abriendo su seno a los rayos del sol, desaparecen en una noche al soplo mortífero de la helada. Su alma, cansada de sufrir, y su salud postrada a los embates del dolor, no bien sintieron flojas las rigurosas ataduras, cuando se abalanzaron ardientemente a la fuente del bien y la alegría, para templar su hidrópica sed, bien ajenas de encontrar el acíbar de nuevas tribulaciones, donde tan regalada frescura y suavidad se imaginaban.
No era muy del agrado del cuerdo don Alonso aquella imprudente seguridad en que se adormecía su hija; pero gracias a ella, sus fuerzas se restauraban tan visiblemente y hasta su memoria parecía purificarse de los pasados trágicos recuerdos, de tal modo, que no tenía valor para destruir aquel hermoso sueño que le libraba de su más terrible recelo.
El anciano médico de Carracedo se manifestaba sumamente satisfecho del sesgo que la enfermedad iba tomando, y como las noticias que de Salamanca llegaban sólo traían anuncios de un porvenir próspero, nada había que detuviese la naturaleza en su benéfico movimiento.
Había entrado de lleno la primavera y su influjo contribuía también poderosamente al alivio de la enferma, pintando en su imaginación las risueñas escenas de aquellos contornos y regalando su pecho con su aromoso ambiente. Aquel cuadro ganaba cada día en belleza y amenidad, y en él encontraba el alma tierna y apasionada de doña Beatriz un manantial inagotable de dulcísimas sensaciones.
Una mañana, que unas veces a pie y otras embarcada, había recorrido con su padre y su doncella gran parte de las orillas del lago, se recostó, por último, al pie de un castaño para descansar un poco de su fatiga. Arrullaba tristemente una tórtola en las ramas de aquel árbol; un leñador, descargando recios golpes con su hacha en el tronco de un acebuche no muy distante, acompañaba su trabajo con una tonada muy dulce, y en el medio del lago, menudamente rizado por un vientecillo ligero, se balanceaba una barquilla con un solo aldeano. El cielo estaba puro; el sol, recién salido, alumbraba con una luz purísima el paisaje, y únicamente, en un recodo algo más sombrío de aquella líquida llanura, una neblina azul y delgada parecía esconderse de sus rayos.
Los tres guardaban silencio como si temiesen interrumpir con sus palabras la calma de aquel hermoso espectáculo, cuando un resplandor que venía del lado de Carracedo dió en los ojos de don Alonso, y fijándolos con más cuidado en aquel paraje, vió un hombre de armas que al trote largo se encaminaba hacia ellos y cuyo almete y coraza, herido por el sol, despedía vivos fulgores. Hacía días que no recibía noticias de Salamanca el noble señor y al punto juzgó que aquel hombre vendría enviado del abad.
El forastero, que vió la falúa atracada a corta distancia y el traje y apostura del grupo que estaba al pie del castaño, se encaminó hacia ellos en derechura, y apeándose ligeramente, presentó a don Alonso un pliego con las armas de Carracedo. Abriólo rápidamente, y a los pocos renglones que hubo leído, se le robó el color de la cara, comenzaron a temblarle las rodillas, y como si fuese a perder el conocimiento, se apoyó contra el tronco del árbol y dejó caer el papel de las manos. Doña Beatriz, entonces, veloz como el pensamiento, se arrojó al suelo, y recogiendo la carta se puso a leerla con ojos desencajados; pero su padre, que al ver su acción, pareció recobrarse enteramente, se arrojó a ella para arrancársela de las manos, diciéndole a gritos:
—¡No lo leas; no lo leas, porque te matará!