Pero ella, desviándose a un lado, sin separar sus ojos del fatal pliego y cebada en sus renglones, llegó a un punto en que lanzando un tremendo gemido, cayó sin sentido en brazos de su fiel doncella. El mensajero acudió al punto a su socorro y los remeros hicieron lo mismo saltando en tierra; pero ya don Alonso y Martina la habían reclinado de nuevo al pie del árbol sentándose ésta en el suelo y teniendo en su regazo la cabeza de su señora. Entonces comenzaron a rociarle el rostro con agua que traían del lago en un búcaro, y a administrarle cuantos remedios consentía lo impensado del lance; pero inútilmente, porque no volvía en sí, ni cesaba una especie de respiración sonora y anhelosa que parecía hervir en lo más profundo de su pecho. De cuando en cuando, exhalaba un ¡ay! profundísimo y llevaba las manos al lado del corazón, como si quisiese apartar un peso que le abrumaba, mientras un copioso sudor corría de su frente y humedecía todo su cuerpo.

En semejante estado se pasó un largo rato, hasta que viendo don Alonso que el accidente ofrecía serio cuidado, determinó ponerla en la falúa y volver a la quinta inmediatamente. Transportáronla, pues, entre todos con el mayor cuidado, y bogando aceleradamente, poco tardaron en desembarcar en el muelle, desde donde con las mismas precauciones la llevaron a su cama. Afortunadamente estaba allí a la sazón el anciano físico de Carracedo, que acudió al punto, y observando con gran cuidado su respiración y pulso, le abrió sin perder tiempo una vena. Con el remedio comenzó a mitigarse su tremenda fatiga, y a poco abrió los ojos, aunque sin fijarlos en objeto alguno determinado, y rodeando su cámara con una mirada incierta y vagarosa. Por último recobró totalmente sus sentidos, pero presa todavía de su tremendo ataque, las primeras palabras que pronunció, fueron:

—¡Aire! ¡aire!; ¡yo me ahogo!

El religioso acudió aceleradamente a las ventanas, y las abrió de par en par.

—¡Ah!, ¡todavía!, ¡todavía tengo aquí un peso como el de una montaña!—exclamó pugnando por incorporarse y señalando al lado izquierdo del pecho.

Entonces Martina, el monje y su padre, la incorporaron en el lecho, amontonando detrás una porción de almohadas. En esta postura recobró poco a poco algún sosiego, y el aire templado y apacible que entraba por las ventanas empezó a serenar su respiración. Entonces fué cuando el recuerdo de la escena que acababa de pasar se despertó en su memoria, y clavando en su padre sus ojos, alterados y brillantes con el fuego de la calentura, le dijo:

—¿Qué se hicieron la carta y el mensajero?... Dadme el papel, que todavía no le he acabado de leer... ¿dónde le guardáis, que no le veo?

—¡Hija mía! ¡hija mía!—le respondió el anciano—, no me destroces el corazón. ¿Qué vas a buscar en ese malvado escrito?

—¡La carta! ¡la carta!—repuso ella con ciega y obstinada porfía, y sin hacer caso de las razones de su padre.

—Dádsela y no la contradigáis—añadió el físico en voz baja—, porque ya no le podrá hacer más daño del que le ha hecho.